sábado, julio 29, 2006

Recado treinta y seis

Este sábado 29 de julio es mi cumpleaños.

Como un regalo de cumpleaños, les comparto algunas de las imágenes que vieron mis ojos durante los últimos doce meses.


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Sahuaro en el desierto de Arizona
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Serenata en el Este de Los Ángeles

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Primavera en San Diego
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Marcha contra la guerra en Irak, sobre Hollywood Boulevard

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Hasta dan ganas de agarrar una flauta y llegarle…
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A la mitad de la marcha llegó el momento de la oración
para un contingente de jóvenes musulmanes
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Playa de El Matador

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Orgullo gay durante la noche de Halloween en West Hollywood

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Advertencia: desde hace más de un año tengo un romance platónico con este oso del zoológico de San Diego. Las siguientes seis imágenes tienen un alto contenido de cursilería

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Violet, la orangután

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Matrimonio
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Lotería!: los chilaquiles verdes con huevo son la neta
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El muelle de Santa Mónica en una tarde helada

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La Gran Marcha del 25 de marzo en Los Ángeles.
Un día en que sí se pudo.

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La banda sobre la calle Broadway...
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...y frente al City Hall (pues con este escudote, ¿cómo no nos iba a ir bien?)
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Torres eólicas en el Valle de Coachella

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Viñedos...

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...y mujer trabajando en los viñedos

Casi el 100% de los trabajadores del campo en California son de origen hispano, la gran mayoría mexicanos

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Campo datilero en Coachella
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Marcha en favor de los migrantes en Phoenix, 10 de junio


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No estaba dormido, estaba trabajando
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Indianápolis, Indiana





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Las Vegas

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Atardecer en Tucson, Arizona

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Tres cielos de California:

En Burbank
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En Glendale
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En el desierto de Mojave
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Atardecer en Malibu

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Batman!!

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El hermoso Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México

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El zócalo de la Ciudad de México en diciembre
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Treinta y seis y contando...

domingo, julio 16, 2006

Recado urgente: Voto por voto

Voto por voto no es una necedad, es una necesidad

Durante el cierre de campaña el 28 de junio

Este domingo 16 de julio se celebró la segunda Asamblea Informativa convocada por Andrés Manuel López Obrador. Cerca de un millón de personas marchando por las calles de la ciudad de México pidiendo el conteo voto por voto, casilla por casilla, no pueden ser leídas como la necedad de un dirigente manipulando a un pueblo, sino como la demanda legítima de ese pueblo que se volcó en las calles para participar en la elección más intensa de la historia de México.

La noche del 1 de julio platicaba con mis amigas sobre lo que traería la jornada electoral del día siguiente. Había llovido y la zona conurbada con el Estado de México se había inundado. Alguien comentó que si llovía por la mañana la gente podría no salir a votar. Todas reconocimos lo cerrado de la elección; manifestamos el temor a una posible manipulación de los votos y pensamos que si este temor era generalizado, la participación electoral también podría bajar.

El 2 de julio se encargó de contradecirnos. A las ocho de la mañana, mientras las casillas electorales se empezaban a montar, la mayoría de los puntos de votación ya tenían filas de diez y veinte personas esperando para votar. Ese día durante la mañana y una parte de la tarde recorrí un área importante del sur y del oriente de la ciudad. No hubo casilla alguna en la que no hubiera gente esperando para sufragar.

Alrededor de las tres de la tarde en Chimalhuacán, Estado de México, vi una escena que ilustra muy bien la voluntad de nuestra gente durante la jornada electoral. Había una casilla instalada sobre la banqueta, bajo el rayo del sol, cubierta por lonas de plástico blanco. Casi en cuestión de minutos unas nubes grises y densas cubrieron el sol y las gotas enormes empezaron a caer. La gente que esperaba para votar se trató de cubrir bajo las lonas que volaban con el aire.

No habían pasado cinco minutos cuando empezó a granizar, unas bolas de granizo enormes que hicieron que rapidísimo el paisaje se tornara blanco. Lo primero que hicieron los funcionarios de casilla fue proteger las urnas electorales, metiéndolas abajo de las mesas; después guardaron la papelería electoral, para finalmente terminar desarmando las mamparas y tapándose con los trozos de plástico blanco. El granizo se acumulaba en las lonas y la gente tenía que empujarlo para que no les cayera encima. En la calle el agua subía de nivel y en algunas áreas cubría la mitad de los autos.

Tan repentinamente como llegó, a los diez minutos la granizada se fue. Pensé que la gente que esperaba para votar se iría a su casa mojada y molesta. Pues no. Como la banqueta quedó cubierta de agua, tan pronto pasó la lluvia los funcionarios de casilla, acompañados de los observadores electorales y de los propios votantes, movieron la casilla de lugar. Con una mezcla de solemnidad y relajo cada quien agarró algo para moverse una cuadra adelante: un pedazo de mampara, un par de tubos, una silla, los restos de una lona. Se armó una fila india que me recordó a las hormigas; entre cuatro cargaban una mesa sobre sus cabezas, y sobre la mesa, a la vista de todos, viajaban las urnas. La fila llegó al nuevo lugar, la gente instaló la casilla, los votantes mojados se volvieron a formar, la jornada siguió como si nada.
Esa fue nuestra gente votando el 2 de julio. Los días siguientes me tocó presenciar la increíble manipulación de resultados en el PREP y la ofensiva manipulación de información en los medios para generar la falsa percepción de un candidato ganador. Me tocó ver a la gente enojadísima afuera del IFE, sosteniendo la fotografía con los resultados de su casilla electoral y comparándolos con los que presentaba el PREP, con más de 100 votos menos para López Obrador en cada casilla.

Afuera del IFE la madrugada del 6 de julio


No vi uno ni dos casos; vi decenas de personas que no reclamaban por un fraude nacional, sino por un fraude en SU propia casilla, un fraude cometido contra SU voto. Vi a una ciudadanía responsable de su voto, de darle seguimiento y asegurarse de que llegara a donde tenía que llegar. El miércoles, cuando empezó el recuento de las actas, vi las oficinas de los consejos distritales rebasadas en su capacidad por la cantidad de personas haciendo denuncias y exigiendo la apertura de los paquetes. No "acarreados" ni miembros de los partidos; gente de a pie que se salió un momento de trabajar para ir a decir que esta vez no les pueden ver la cara de tontos.

Vi a la gente llegar en taxis y en camión a la casa de campaña de López Obrador y al exterior de su apartamento en Copilco para exigirle que pidiera el recuento de votos. Gente que le dejaba en la puerta la copia de los resultados de su casilla, sus datos personales por si necesitaba un testimonio ante el Tribunal Electoral. Gente que pegó un mensaje con su número telefónico ofreciendo sus manos y su tiempo para contar los votos.

Afuera del apartamento de López Obrador la madrugada del 6 de julio

En la Asamblea Informativa del 8 de julio

Vi circular correos electrónicos con denuncias, con indignación, pero sobre todo con la determinación de hacer que la voluntad popular cuente. Muchos de esos correos empezaban con frases como "yo no soy perredista, pero creo que le hicieron ‘chanchullo’ al Peje", o "yo voté por Calderón, pero creo que los votos se deben de contar uno por uno". Me di cuenta de que la demanda del conteo voto por voto es una demanda ciudadana; no de un partido, no de un candidato, no de un gobierno. El Tribunal Electoral a estas alturas ya lo debe de saber.

El sábado 8 de julio, en la primera Asamblea Informativa convocada por López Obrador, la gente portaba carteles en apoyo a Andrés Manuel, pero sobre todo portaba carteles en repudio al IFE y a Calderón. Y coreaba "no estás sólo". Tú, Andrés Manuel, no estás sólo en esta denuncia: es una denuncia del pueblo mexicano.

Afuera del apartamento de López Obrador, la orden de la gente:
"Convoca a tu pueblo" y "Reclama nuestro triunfo"


En su documental "¿Quién es el señor López?", Luis Mandoki cita una frase bellísima del poeta tabasqueño Carlos Pellicer: "Cuando a un hombre le sigue un pueblo entero, es porque el corazón en las manos lleva". Sin embargo en este caso es el pueblo el que está llevando en las manos el corazón; el hombre sólo está respondiendo a su obligación moral al encabezar al pueblo que así se lo exige.
La negativa de contar voto por voto no se le está dando a un hombre, ni a un partido, ni a una tendencia política: se le está dando a un pueblo que salió a votar con el corazón en la mano, y que por eso merece la certeza de que su voto contó.


  • Recado sobre el señor López

  • Evidencia de irregularidades en la eleccion



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  • sábado, julio 15, 2006

    Recado sobre el señor López

    Yo y el señor López


    López Obrador no me gustaba. Cuando se postuló para ser candidato por el PRD al gobierno del Distrito Federal en el año 2000, Andrés Manuel no era mi gallo. A mí me gustaba Demetrio Sodi, un chilango bien conocido entre perredistas y más o menos atractivo para los miembros de otros partidos. Andrés Manuel me daba flojera, no le entendía y lo poco que le entendía no se lo creía. Además es tabasqueño y para una chilanga de corazón, la idea de que me gobernara alguien que se podía perder en la ciudad de México resultaba ofensiva.
    Pero ganó la candidatura interna, y pues ya puestos a votar, voté por él. No voté convencida. Andrés Manuel me ganó en el gobierno.

    Los años posteriores a la llegada de López Obrador al gobierno del DF han llevado y traído cifras y datos que han sido manipulados hasta el cansancio. No pienso repetirlos aquí, ni justificarlos o desmentirlos. No escribo este texto con el rigor periodístico al que suelo apegarme; es un texto venido de las purititas tripas, que pretende hilvanar algunas viñetas que ilustran mi relación con López Obrador, elegidas entre esos momentos que me han conmovido como ciudadana y me han ganado como persona. No lo escribo para convencer a nadie de nada; lo escribo convencida de que este momento es decisivo para mi país, y que la opinión de cada uno cuenta.

    Me mudé hace dos años a Los Ángeles, la segunda capital de México, pero durante 33 años viví en el Distrito Federal. De esos 33, treinta años no tuve auto. Una gran parte de mi vida transcurrió en el transporte público y como muchos otros jóvenes en igual situación, la mayoría de las cosas que he leído las leí cabeceando en un microbús o en el metro. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que el nuevo gobierno sabía de nuestra turbia actividad urbana-intelectual: empezaron a aparecer en las estaciones del metro libros gratuitos para leerlos mientras viajabas, en una época en la que el gobierno federal mostraba un profundo desprecio por la cultura y en la que el presidente se refería a uno de los autores más importantes de la literatura latinoamericana como "José Luis Borgues". Y si querías te podías llevar el libro a tu casa, pero mucha gente los dejaba para que alguien más leyera.

    Estudié la carrera entre los 22 y los 26 años de edad, con un hijo pequeño acompañándome a las aulas. Cuántas veces no desee que existiera algún tipo de beca para mujeres que, como yo, tenían todo el potencial para aprender y sólo necesitaban un empujoncito económico para aprovecharlo. Esas becas no existían cuando yo estudié. En el 2002 me enteré del programa implementado por el gobierno del DF para apoyar a madres solteras estudiando. Populista, asistencialista, de todo le han dicho; yo no puedo hacer menos que pensar que en algún lugar de la ciudad una mujer en la misma situación en la que yo estuve ha podido terminar sus estudios sacando el mejor provecho de su propia capacidad.

    Viví durante 13 años en una calle construida sobre una loma, con el tino de que mi edificio está exactamente en el punto más bajo del declive de la loma. Cada que llovía en la ciudad de México, es decir, al menos cuatro meses al año, una enooorme laguna se formaba justo en la entrada de donde yo vivía. Había que bajar del transporte público literalmente en medio de una laguna. Si entrabas en auto al estacionamiento, casi había que sacar los remos.
    Dos cuadras abajo había un depósito de camiones de basura. Por alguna razón el gobierno del DF usaba un terreno de su propiedad para almacenar ahí los camiones. La cosa más insalubre para quienes teníamos que pasar caminando por el lugar. Recuerdo haber llevado a la delegación Tlalpan al menos tres cartas, en tres diferentes momentos, durante seis años, pidiendo que removieran los camiones y que de pasadita le pusieran unos focos a la calle, para por lo menos ver cuando pisaras una bolsa con basura de antier.
    El segundo año de gobierno de López Obrador se nos hicieron los milagritos: un desazolve profundo y la reparación del drenaje nos quitaron la laguna de la entrada del edificio; un nuevo terreno logró que desapareciera el depósito de camiones de basura; y sí, nos pusieron unos focotes ámbar para alumbrar la calle.

    Por años la señora que nos ayudaba a limpiar la casa vivió en una vivienda de piso de tierra, construida con materiales endebles. Cada época de lluvias ella, el marido, los tres hijos y el suegro enfermo tenían que sacar el agua a cubetadas porque se les inundaba la casa, para después dormir en colchones mojados; pero es una familia que vive al día y depende del empleo informal: ni hablar de juntar un dinerito para mejorar la vivienda, y menos de acudir a un banco para pedir un préstamo.
    Hace dos años, a través de los créditos de vivienda otorgados por el gobierno del DF, esta familia pudo construir una casita de dos pisos con materiales de calidad. Dos de mis amigas más queridas obtuvieron, también a través de estos créditos, su primer apartamento sin necesidad de estar casadas o de tener ingresos elevadísimos, como ocurre con otros créditos del gobierno federal.

    Viví 33 años en el peligroso Distrito Federal. Tres veces me asaltaron, dos de ellas amenazándome con un arma. Ninguna de esas veces fue bajo el gobierno del PRD, que está por cumplir 10 años al frente de la ciudad. Antes de venir a vivir a Los Ángeles fui a renovar mi licencia de conducir: el trámite duró, reloj en mano, ocho minutos desde que entré en la oficina hasta que salí con mi licencia en la cartera; un tiempo récord para una oficina de gobierno en cualquier lugar del mundo, pero muy especialmente en México. Y no me pidieron "mordida", y no me trataron mal.

    Durante años, muchos años caminé las calles del centro histórico: de niña cuando mi mamá me llevaba a sus oficinas en las calles de Gante y 16 de septiembre; de adolescente, recorriendo Paseo de la Reforma agarrada de la mano de algún novio; de adulta, llevando a mi hijo a los espectáculos callejeros de la Alameda o buscando las tiendas de numismática que el centro ha albergado por años. Nunca, en todos este tiempo, gobierno alguno había hecho un trabajo de recuperación de la zona más hermosa de la ciudad. No de recuperación estética: de drenaje profundo, de nivelación de pisos, de revisión de estructuras, de repoblamiento de los antiquísimos y hermosos edificios de siglos de antigüedad.

    No me equivoqué al nombrar este apartado "Yo y el señor López". Como muchos mexicanos hice una evaluación de Andrés Manuel poniendo mi realidad personal por delante: Yo, y luego el señor López. Y la evaluación ha sido positiva.

    López Obrador saludando a la gente desde la ventana de su casa de campaña el pasado 5 de julio

    Cuando López Obrador hizo su referéndum en 2003, bien convencida voté por su continuidad al frente del gobierno. En aquel momento no utilicé ningún criterio macroeconómico para hacer mi juicio. No hice un análisis del espectro político capitalino, no hice una revisión de los trascendidos en los pasillos de la "grilla", no hice un cálculo de lo que podría pasar en el 2006. Como la mayoría de los ciudadanos promedio, evalué al gobierno por la manera en la que sus acciones habían reflejado una mejora en mi vida cotidiana, en el día a día de los que me rodean, en la gente como yo. Porque si la gente común y corriente está un poquito mejor, es probable que la sociedad en su conjunto también mejore poco a poco.

    Creo que este criterio, el de reconocer las acciones que han hecho mejor tu vida cotidiana, fue el que siguieron hace dos semanas los cerca de 15 millones de mexicanos que votaron por Andrés Manuel López Obrador. Cada quien tiene su propio compendio de viñetas anecdóticas sobre su gestión, incluso en el caso de la gente que no las vivió de primera mano por estar fuera de la capital. Sin embargo hay decenas de razones que nos hacen saber, que nos hacen sentir que Andrés Manuel no encabezaría un gobierno de la República perfecto, que las cosas tal vez no mejorarían radicalmente, pero que habría una genuina preocupación por la calidad de vida de los gobernados.

    A lo largo de la campaña y en los últimos días escuché decenas de veces, a muy diferentes personas, decir una frase que representa un sentimiento compartido: "Yo le creo a López Obrador".

    Y sin embargo a lo largo de la campaña presidencial nunca pude escuchar a un partidario de Felipe Calderón compartir un argumento similar sobre su candidato; todos los argumentos para sostener al aspirante panista siempre se refirieron a "por qué no votar por López Obrador"; nunca a "por qué sí votar por Felipe Calderón". Qué triste debe ser para ese hombre; qué solo se debe sentir.

    Pienso que esta última característica es uno de los fundamentos para negarse al conteo voto por voto. Los simpatizantes de Calderón –la mayoría de los cuales en realidad son "antipatizantes" de López Obrador- no tienen la certeza de su candidato, sólo la del miedo y el rencor generado por una campaña que pretendió descalificar en los medios y en las cafeterías baratas lo que la mayoría de la gente estaba viviendo día a día.

    Yo no creo que Felipe Calderón sea un peligro para México. Pero sí sé que López Obrador despertó, por primera vez en un siglo, la fe y la esperanza de un pueblo que por décadas ha probado todo y al que nada le ha funcionado. Un pueblo que esta vez, al igual que yo hace tres años, voluntariamente decidió darle una oportunidad al señor López.


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