Marcha migrante, día 9: McAllen-Brownsville, TexasCuando Lupita Santana llegó a Texas, proveniente de su natal Tamaulipas, se encontró con las dificultades habituales para un migrante indocumentado: encontrar un lugar donde vivir, la búsqueda de un documento falso para poder trabajar, hallar un empleo que más o menos permita ir saliendo. Pero cuando verdaderamente le caló, fue cuando su hija mayor empezó a ir a la escuela: según lo cuenta la propia Lupita, tuvo que ocultar que era su mamá para que a la niña no le negaran la educación por ser hija de una “ilegal”.
Esta historia forma parte de las decenas que la Marcha Migrante recopiló durante su recorrido de una semana a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Historias de migrantes, de sus familias, de autoridades, de la gente que vive día a día con los temas migratorio y fronterizo, y que ve afectada su vida cotidiana por las decisiones que se toman en Washington.
Un grupo de simpatizantes recibe a la caravana en Pharr, Texas
Como la de Diana Joe, descendiente de un indígena purépecha de Michoacán y abuela de dos nenas que a su vez descienden de indígenas navajos, que cuando llegamos a Pharr, Texas, se paró frente a la gente llena de emoción: “Yo traigo la voz del indígena. Muchos de ustedes han oído alguna historia de algún familiar indígena de México, de Centroamérica, de Sudamérica. Yo estoy comprometida a conservar su cultura viva y fuerte, porque es un derecho constitucional”, soltó de pronto, haciendo alusión a los indígenas que al migrar sufren una doble discriminación, por ser migrantes y por ser indígenas, precisamente.
Diana
O como la historia de Fermín Leija, quien cruzó la frontera desde Tamaulipas para incorporarse a la Marcha Migrante, porque recuerda sus tiempos de bracero en California, allá por los años sesenta. O como la de la mujer que envió una carta para recordar a su hijo muerto en la frontera. O como decenas, cientos, miles de historias más esperando ser escuchadas en este país.
Enrique Morones, director de Ángeles de la Frontera, con un grupo en McAllen
“A mí me decían ‘no puedes registrar a tu hija para ir a la escuela porque eres una ilegal’”, recordó Lupita, “así que mis suegros agarraron a mi hija, y para mí era muy difícil verla presentarse en la escuela y tener que esconder que yo era su mamá, porque tenía miedo”.
La caravana pasó por la ciudad de McAllen, donde se sumaron cerca de 40 personas, entre ellos esta joven mamá. Con un chorro de emoción, Lupita contó ante los demás cómo aun cuando su familia pudo regularizar su situación migratoria, la gente seguía diciéndole que su hija no podría ser “alguien”.
Lupita
“Cuando entró a la preparatoria su deseo era ser maestra, pero le decían que no podía por no ser ciudadana”, nos contó. “Yo la apoyé para que cumpliera su sueño, y ella salió adelante: hoy es una maestra y da clases en Elsa, Texas. Lo que yo quiero decir es que nosotros los migrantes, cuando venimos aquí, venimos a hacer un cambio; no venimos a estirar la mano para que nos den nada, sino que nosotros venimos a dar mucho a este país, porque es un país de inmigrantes”.
Finalmente, el viernes por la tarde la caravana cumplió con la primera mitad de su recorrido al llegar a la costa este, en Brownsville, Texas.
Los 25 automóviles que salieron el 2 de febrero de la garita de San Ysidro se fueron convirtiendo en 13 el segundo día, 10 el tercero, ocho el quinto, hasta llegar a seis el jueves por la noche. Sin embargo el viernes por la mañana, cerca de 20 vehículos se sumaron a la caravana en McAllen, de manera que una larga fila de vehículos atravesó por esa zona del Valle del sur de Texas hasta la costa, ante la mirada sorprendida de algunos y el entusiasmo de otros que habían escuchado en las noticias sobre la visita del grupo.
El día que llegamos a la otra costa estuvo lleno de bruma. Del Océano Pacífico azulísimo el día soleado en que salió la marcha, pasamos a la bruma marina del grisáceo Golfo de México. Pero creo que en todos los que íbamos en el grupo, la sola idea de haber cruzado el país a través de su frontera, llena de cicatrices y esperanzas resultó bien revitalizante para el pesadísimo camino de regreso frente a nosotros.
Brownsville, Texas
“Hay ocasiones en que la gente dice que una sola persona no puede cambiar las cosas, pero nosotros creemos que sí”, me dijo Enrique Morones, el director de la organización Ángeles de la Frontera, durante la ceremonia realizada en Brownsville. “Tal vez una de estas historias que nos están entregando, la del niño que se quedó en la escuela esperando a su padre que no llegó porque fue deportado, o la de la madre que aún espera a un hijo que tal vez murió en el desierto mientras cruzaba la frontera, pueda tocar el corazón de los congresistas que están indecisos y lograr que aprueben una reforma migratoria humana e incluyente”.
Ojalá; ojalá una historia de esas lograra aliviar la incertidumbre para los otros miles de historias en espera de un final feliz.
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