Creo que era un miércoles. Era septiembre de 1998 y yo trabajaba haciendo entrevistas y guiones para televisión. Había tenido que correr desde mi casa, en el sur-sur del DeFe, hasta el ooooooootro lado de la ciudad para llegar a una junta con el equipo que participaría en un documental sobre el pintor Raúl Anguiano. Llegué un poquito antes de la cita y la productora me avisó: empezaríamos con retraso, el tipo que iba a dirigir el documental venía tarde. El retraso se prolongó por casi una hora y yo tenía un buen de cosas que hacer, así que echaba chispas y moría por conocer al fulano para soltarle dos mentadas.
De pronto apareció bajo el marco de la puerta: jefísimo, suuuuper cool, muy perfumadito y con una sonrisa que hizo que se iluminara la oficina como si hubiera entrado el sol. Saludó a los otros echándome miradas curiosas; me presentaron con él, me sonrió A MÍ con la sonrisa de sol, dijo mi nombre y me dio un abrazo de oso. Y ps se me bajó el coraje.
Lo que siguió fueron varias semanas de trabajar juntos y yo lo veía y sí me gustaba pero pues no, y él no daba señas así que menos, y luego se acabó ese trabajo y ya. Pasaron dos meses para que el fulano me llamara y me invitara a comer. Después siguieron unas chelas, después un paseo en moto, después otro, después varios, después tooooda la Semana Santa en Morelos que por supuesto ni de chiste fue santa, y para el siguiente abril ya estábamos viviendo juntos.
Pasaron cinco años y nos la seguíamos pasando bien; tanto, que pensamos que si en México estaba tan divertido segurito que afuera estaba mejor, así que nos fuimos a Los Ángeles. Y un año después –y con casi seis de vivir juntos-, decidimos casarnos, no fuera a ser que alguien pensara que nomás estábamos perdiendo el tiempo.
Sacamos una cita en el registro civil del Este de Los Ángeles. No hicimos una gran ceremonia, ni fiesta, ni invitados, ni testigos, nada. Pedimos, eso sí, que nos casara un juez en español, porque uno no se debe andar casando en otros idiomas. Y tuvimos tan buena suerte que además nos casó una jueza. El 4 de enero de 2005 nos paró debajo de un arquito de esos típicos gringos, adornado con tules blancos y flores, en el interior de una capilla también blanca. Nos pidió que nos tomáramos de las manos y nos juramos amor.
No era necesario. Llevamos nueve años sabiendo lo que es eso. Hemos pasado por subidas extenuantes y bajadas desgarradoras, hemos tenido momentos de mucha fortaleza y otros de duda y distancia. Hemos estado juntos en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la… digamos en la estabilidad. Hemos titubeado, pero también hemos tenido la capacidad de vernos a nosotros mismos, de revisar el equipaje, de tirar el lastre y de seguir subiendo. Hemos sido, pues, una pareja; y para mí, eso es tener mucha suerte.

Feliz aniversario, rey.