domingo, julio 16, 2006

Recado urgente: Voto por voto

Voto por voto no es una necedad, es una necesidad

Durante el cierre de campaña el 28 de junio

Este domingo 16 de julio se celebró la segunda Asamblea Informativa convocada por Andrés Manuel López Obrador. Cerca de un millón de personas marchando por las calles de la ciudad de México pidiendo el conteo voto por voto, casilla por casilla, no pueden ser leídas como la necedad de un dirigente manipulando a un pueblo, sino como la demanda legítima de ese pueblo que se volcó en las calles para participar en la elección más intensa de la historia de México.

La noche del 1 de julio platicaba con mis amigas sobre lo que traería la jornada electoral del día siguiente. Había llovido y la zona conurbada con el Estado de México se había inundado. Alguien comentó que si llovía por la mañana la gente podría no salir a votar. Todas reconocimos lo cerrado de la elección; manifestamos el temor a una posible manipulación de los votos y pensamos que si este temor era generalizado, la participación electoral también podría bajar.

El 2 de julio se encargó de contradecirnos. A las ocho de la mañana, mientras las casillas electorales se empezaban a montar, la mayoría de los puntos de votación ya tenían filas de diez y veinte personas esperando para votar. Ese día durante la mañana y una parte de la tarde recorrí un área importante del sur y del oriente de la ciudad. No hubo casilla alguna en la que no hubiera gente esperando para sufragar.

Alrededor de las tres de la tarde en Chimalhuacán, Estado de México, vi una escena que ilustra muy bien la voluntad de nuestra gente durante la jornada electoral. Había una casilla instalada sobre la banqueta, bajo el rayo del sol, cubierta por lonas de plástico blanco. Casi en cuestión de minutos unas nubes grises y densas cubrieron el sol y las gotas enormes empezaron a caer. La gente que esperaba para votar se trató de cubrir bajo las lonas que volaban con el aire.

No habían pasado cinco minutos cuando empezó a granizar, unas bolas de granizo enormes que hicieron que rapidísimo el paisaje se tornara blanco. Lo primero que hicieron los funcionarios de casilla fue proteger las urnas electorales, metiéndolas abajo de las mesas; después guardaron la papelería electoral, para finalmente terminar desarmando las mamparas y tapándose con los trozos de plástico blanco. El granizo se acumulaba en las lonas y la gente tenía que empujarlo para que no les cayera encima. En la calle el agua subía de nivel y en algunas áreas cubría la mitad de los autos.

Tan repentinamente como llegó, a los diez minutos la granizada se fue. Pensé que la gente que esperaba para votar se iría a su casa mojada y molesta. Pues no. Como la banqueta quedó cubierta de agua, tan pronto pasó la lluvia los funcionarios de casilla, acompañados de los observadores electorales y de los propios votantes, movieron la casilla de lugar. Con una mezcla de solemnidad y relajo cada quien agarró algo para moverse una cuadra adelante: un pedazo de mampara, un par de tubos, una silla, los restos de una lona. Se armó una fila india que me recordó a las hormigas; entre cuatro cargaban una mesa sobre sus cabezas, y sobre la mesa, a la vista de todos, viajaban las urnas. La fila llegó al nuevo lugar, la gente instaló la casilla, los votantes mojados se volvieron a formar, la jornada siguió como si nada.
Esa fue nuestra gente votando el 2 de julio. Los días siguientes me tocó presenciar la increíble manipulación de resultados en el PREP y la ofensiva manipulación de información en los medios para generar la falsa percepción de un candidato ganador. Me tocó ver a la gente enojadísima afuera del IFE, sosteniendo la fotografía con los resultados de su casilla electoral y comparándolos con los que presentaba el PREP, con más de 100 votos menos para López Obrador en cada casilla.

Afuera del IFE la madrugada del 6 de julio


No vi uno ni dos casos; vi decenas de personas que no reclamaban por un fraude nacional, sino por un fraude en SU propia casilla, un fraude cometido contra SU voto. Vi a una ciudadanía responsable de su voto, de darle seguimiento y asegurarse de que llegara a donde tenía que llegar. El miércoles, cuando empezó el recuento de las actas, vi las oficinas de los consejos distritales rebasadas en su capacidad por la cantidad de personas haciendo denuncias y exigiendo la apertura de los paquetes. No "acarreados" ni miembros de los partidos; gente de a pie que se salió un momento de trabajar para ir a decir que esta vez no les pueden ver la cara de tontos.

Vi a la gente llegar en taxis y en camión a la casa de campaña de López Obrador y al exterior de su apartamento en Copilco para exigirle que pidiera el recuento de votos. Gente que le dejaba en la puerta la copia de los resultados de su casilla, sus datos personales por si necesitaba un testimonio ante el Tribunal Electoral. Gente que pegó un mensaje con su número telefónico ofreciendo sus manos y su tiempo para contar los votos.

Afuera del apartamento de López Obrador la madrugada del 6 de julio

En la Asamblea Informativa del 8 de julio

Vi circular correos electrónicos con denuncias, con indignación, pero sobre todo con la determinación de hacer que la voluntad popular cuente. Muchos de esos correos empezaban con frases como "yo no soy perredista, pero creo que le hicieron ‘chanchullo’ al Peje", o "yo voté por Calderón, pero creo que los votos se deben de contar uno por uno". Me di cuenta de que la demanda del conteo voto por voto es una demanda ciudadana; no de un partido, no de un candidato, no de un gobierno. El Tribunal Electoral a estas alturas ya lo debe de saber.

El sábado 8 de julio, en la primera Asamblea Informativa convocada por López Obrador, la gente portaba carteles en apoyo a Andrés Manuel, pero sobre todo portaba carteles en repudio al IFE y a Calderón. Y coreaba "no estás sólo". Tú, Andrés Manuel, no estás sólo en esta denuncia: es una denuncia del pueblo mexicano.

Afuera del apartamento de López Obrador, la orden de la gente:
"Convoca a tu pueblo" y "Reclama nuestro triunfo"


En su documental "¿Quién es el señor López?", Luis Mandoki cita una frase bellísima del poeta tabasqueño Carlos Pellicer: "Cuando a un hombre le sigue un pueblo entero, es porque el corazón en las manos lleva". Sin embargo en este caso es el pueblo el que está llevando en las manos el corazón; el hombre sólo está respondiendo a su obligación moral al encabezar al pueblo que así se lo exige.
La negativa de contar voto por voto no se le está dando a un hombre, ni a un partido, ni a una tendencia política: se le está dando a un pueblo que salió a votar con el corazón en la mano, y que por eso merece la certeza de que su voto contó.


  • Recado sobre el señor López

  • Evidencia de irregularidades en la eleccion



  • Más fotos en
  • La Galeria
  • sábado, julio 15, 2006

    Recado sobre el señor López

    Yo y el señor López

    López Obrador no me gustaba. Cuando se postuló para ser candidato por el PRD al gobierno del Distrito Federal en el año 2000, Andrés Manuel no era mi gallo. A mí me gustaba Demetrio Sodi, un chilango bien conocido entre perredistas y más o menos atractivo para los miembros de otros partidos. Andrés Manuel me daba flojera, no le entendía y lo poco que le entendía no se lo creía. Además es tabasqueño y para una chilanga de corazón, la idea de que me gobernara alguien que se podía perder en la ciudad de México resultaba ofensiva.
    Pero ganó la candidatura interna, y pues ya puestos a votar, voté por él. No voté convencida. Andrés Manuel me ganó en el gobierno.

    Los años posteriores a la llegada de López Obrador al gobierno del DF han llevado y traído cifras y datos que han sido manipulados hasta el cansancio. No pienso repetirlos aquí, ni justificarlos o desmentirlos. No escribo este texto con el rigor periodístico al que suelo apegarme; es un texto venido de las purititas tripas, que pretende hilvanar algunas viñetas que ilustran mi relación con López Obrador, elegidas entre esos momentos que me han conmovido como ciudadana y me han ganado como persona. No lo escribo para convencer a nadie de nada; lo escribo convencida de que este momento es decisivo para mi país, y que la opinión de cada uno cuenta.

    Me mudé hace dos años a Los Ángeles, la segunda capital de México, pero durante 33 años viví en el Distrito Federal. De esos 33, treinta años no tuve auto. Una gran parte de mi vida transcurrió en el transporte público y como muchos otros jóvenes en igual situación, la mayoría de las cosas que he leído las leí cabeceando en un microbús o en el metro. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que el nuevo gobierno sabía de nuestra turbia actividad urbana-intelectual: empezaron a aparecer en las estaciones del metro libros gratuitos para leerlos mientras viajabas, en una época en la que el gobierno federal mostraba desprecio por la cultura y en la que el presidente se refería a uno de los autores más importantes de la literatura latinoamericana como "José Luis Borgues". Y si querías te podías llevar el libro a tu casa, pero mucha gente los dejaba para que alguien más leyera.

    Estudié la carrera entre los 22 y los 26 años de edad, con un hijo pequeño acompañándome a las aulas. Cuántas veces no desee que existiera algún tipo de beca para mujeres que, como yo, tenían todo el potencial para aprender y sólo necesitaban un empujoncito económico para aprovecharlo. Esas becas no existían cuando yo estudié. En el 2002 me enteré del programa implementado por el gobierno del DF para apoyar a madres solteras estudiando. Populista, asistencialista, de todo le han dicho; yo no puedo hacer menos que pensar que en algún lugar de la ciudad una mujer en la misma situación en la que yo estuve ha podido terminar sus estudios sacando el mejor provecho de su propia capacidad.

    Viví durante 13 años en una calle construida sobre una loma, con el tino de que mi edificio está exactamente en el punto más bajo del declive de la loma. Cada que llovía en la ciudad de México, es decir, al menos cuatro meses al año, una enooorme laguna se formaba justo en la entrada de donde yo vivía. Había que bajar del transporte público literalmente en medio de la laguna. Si entrabas en auto al estacionamiento, casi había que sacar los remos.
    Dos cuadras abajo había un depósito de camiones de basura. Por alguna razón el gobierno del DF usaba un terreno de su propiedad para almacenar ahí los camiones. La cosa más insalubre para quienes teníamos que pasar caminando por el lugar. Recuerdo haber llevado a la delegación Tlalpan al menos tres cartas, en tres diferentes momentos, durante seis años, pidiendo que quitaran los camiones y que de pasadita le pusieran unos focos a la calle, para por lo menos ver cuando pisaras una bolsa con basura de antier.
    El segundo año de gobierno de López Obrador se nos hicieron los milagritos: un desazolve profundo y la reparación del drenaje nos quitaron la laguna de la entrada del edificio; un nuevo terreno logró que desapareciera el depósito de camiones de basura; y sí, nos pusieron unos focotes ámbar para alumbrar la calle.

    Por años la señora que nos ayudaba a limpiar la casa vivió en una vivienda de piso de tierra, construida con materiales endebles. Cada época de lluvias ella, el marido, los tres hijos y el suegro enfermo tenían que sacar el agua a cubetadas porque se les inundaba la casa, para después dormir en colchones mojados; pero es una familia que vive al día y depende del empleo informal, ni hablar de juntar un dinerito para mejorar la vivienda, y menos de acudir a un banco para pedir un préstamo.
    Hace dos años, a través de los créditos de vivienda otorgados por el gobierno del DF, esta familia pudo construir una casita de dos pisos con materiales de calidad. Dos de mis amigas más queridas obtuvieron, también a través de estos créditos, su primer apartamento sin necesidad de estar casadas o de tener ingresos elevadísimos, como ocurre con otros créditos del gobierno federal.

    Viví 33 años en el peligroso Distrito Federal. Tres veces me asaltaron, dos de ellas amenazándome con un arma. Ninguna de esas veces fue bajo el gobierno del PRD, que está por cumplir 10 años al frente de la ciudad. Antes de venir a vivir a Los Ángeles fui a renovar mi licencia de conducir: el trámite duró, reloj en mano, ocho minutos desde que entré en la oficina hasta que salí con mi licencia en la cartera; un tiempo récord para una oficina de gobierno en cualquier lugar del mundo, pero muy especialmente en México. Y no me pidieron "mordida", y no me trataron mal.

    Durante años, muchos años caminé las calles del centro histórico: de niña cuando mi mamá me llevaba a sus oficinas en las calles de Gante y 16 de septiembre; de adolescente, recorriendo Paseo de la Reforma agarrada de la mano de algún novio; de adulta, llevando a mi hijo a los espectáculos callejeros de la Alameda o buscando las tiendas de numismática que el centro ha albergado por años. Nunca, en todos este tiempo, gobierno alguno había hecho un trabajo de recuperación de la zona más hermosa de la ciudad. No de recuperación estética: de drenaje profundo, de nivelación de pisos, de revisión de estructuras, de repoblamiento de los hermosos edificios de siglos de antigüedad.

    No me equivoqué al nombrar este apartado "Yo y el señor López". Como muchos mexicanos hice una evaluación de Andrés Manuel poniendo mi realidad personal por delante: Yo, y luego el señor López. Y la evaluación ha sido positiva.

    López Obrador saludando a la gente desde la ventana de su casa de campaña el pasado 5 de julio

    Cuando López Obrador hizo su referéndum en 2003, bien convencida voté por su continuidad al frente del gobierno. En aquel momento no utilicé ningún criterio macroeconómico para hacer mi juicio. No hice un análisis del espectro político capitalino, no hice una revisión de los trascendidos en los pasillos de la "grilla", no hice un cálculo de lo que podría pasar en el 2006. Como la mayoría de los ciudadanos promedio, evalué al gobierno por la manera en la que sus acciones habían reflejado una mejora en mi vida cotidiana, en el día a día de los que me rodean, en la gente como yo. Porque si la gente común y corriente está un poquito mejor, es probable que la sociedad en su conjunto también mejore poco a poco.

    Creo que este criterio, el de reconocer las acciones que han hecho mejor tu vida cotidiana, fue el que siguieron hace dos semanas los cerca de 15 millones de mexicanos que votaron por Andrés Manuel López Obrador. Cada quien tiene su propio compendio de viñetas anecdóticas sobre su gestión, incluso en el caso de la gente que no las vivió de primera mano por estar fuera de la capital. Sin embargo hay decenas de razones que nos hacen saber, que nos hacen sentir que Andrés Manuel no encabezaría un gobierno de la República perfecto, que las cosas tal vez no mejorarían radicalmente, pero que habría una genuina preocupación por la calidad de vida de los gobernados.

    A lo largo de la campaña y en los últimos días escuché decenas de veces, a muy diferentes personas, decir una frase que representa un sentimiento compartido: "Yo le creo a López Obrador".

    Y sin embargo a lo largo de la campaña presidencial nunca pude escuchar a un partidario de Felipe Calderón compartir un argumento similar sobre su candidato; todos los argumentos para sostener al aspirante panista siempre se refirieron a "por qué no votar por López Obrador"; nunca a "por qué sí votar por Felipe Calderón". Qué triste debe ser para ese hombre; qué solo se debe sentir.

    Pienso que esta última característica es uno de los fundamentos para negarse al conteo voto por voto. Los simpatizantes de Calderón –la mayoría de los cuales en realidad son "antipatizantes" de López Obrador- no tienen la certeza de su candidato, sólo la del miedo y el rencor generado por una campaña que pretendió descalificar en los medios y en las cafeterías baratas lo que la mayoría de la gente estaba viviendo día a día.

    Yo no creo que Felipe Calderón sea un peligro para México. Pero sí sé que López Obrador despertó, por primera vez en un siglo, la fe y la esperanza de un pueblo que por décadas ha probado todo y al que nada le ha funcionado. Un pueblo que esta vez, al igual que yo hace tres años, voluntariamente decidió darle una oportunidad al señor López.



  • Evidencia de irregularidades en la eleccion, aquí


  • Más fotos en
  • La Galeria
  • lunes, junio 26, 2006

    Recado de Altar

    A principios de junio estuve en Altar, en el desierto de Sonora, con la fotógrafa Aurelia Ventura.
    A partir de la implementación de los operativos "Guardián" y "Salvaguarda", que provocaron que los migrantes que buscan cruzar la frontera sin documentos optaran por rutas menos vigiladas a través del desierto, Altar se convirtió en el último punto de descanso y abastecimiento antes de cruzar, así como el sitio de contacto con el "coyote".
    A continuación transcribo los cuatro artículos de la serie publicada en La Opinión el pasado mes de junio. Las fotos en este texto son mías; para ver la fotogalería con las excelentes fotografías de Aurelia, pueden ir a
    ----------

    PRIMERA PARTE: ALTAR, LA ECONOMIA DE LA MIGRACION

    ALTAR, Sonora.— Altar no se mueve. A las 11:00 de la mañana el calor ya es insoportable: 44 grados centígrados, unos 111 grados Fahrenheit. No sopla el viento. Las poquitas, pequeñísimas nubes que se ven en el cielo se quedan en el mismo sitio durante horas.
    También permanecen estáticos los hombres que por unos días se quedan en Altar. Porque desde hace años, Altar es una ciudad de paso. De Chiapas, de Oaxaca, de Veracruz, de Hidalgo, de Querétaro llegan los autobuses que hacen una parada en Hermosillo para luego detenerse en Altar.

    Nubes de Altar

    De ahí bajan. Hombres morenos, de corta estatura, de gesto duro. Delgados en general, pero fuertes; hombres fuertes a fuerza de trabajo. Vienen con una mochilita, con una camisa a cuadros o una chamarra, con la cabeza cubierta por una gorra. Con los ojos abiertos y la mirada sorprendida, a veces asustada. Vienen a lo incierto con una sola certeza: el deseo de lograr el sueño americano.
    Ese sueño es el que acaricia Ramiro Cruz, al igual que los casi 200 migrantes que cada día salen de aquí hacia la frontera. Ramiro tiene 21 años y llegó de Tuxtla Gutiérrez hace tres días, pero no ha cruzado porque está esperando a que el coyote venga por él. "No quiero irme sin ir a intentar allá", dice. Las cosas están difíciles en la frontera; hay mucha border, muchos elementos de la Patrulla Fronteriza recorriendo las sendas y los atajos frecuentados por los migrantes. Hay que esperar el mejor momento.
    Y Ramiro espera. Alojado en una de las "casas de huéspedes" que han surgido en los últimos años en Altar, el joven, junto con otros 60 migrantes, aguardan pacientemente la señal que les dirá que hay que ponerse listos, arreglar las cosas y seguir al coyote, aunque en la plática diaria atenúan el término y se refieren a él como el "guía" o el "apoyador".
    Las casas de huéspedes en las que esperan los migrantes a lo largo del pueblo, en realidad son barracas en donde por 35 pesos (cerca de tres dólares) pueden dormir sobre tablas o cojines que pretenden ser un colchón. Un cuarto promedio, que en condiciones normales podría albergar dos o tres camas, aloja entre 10 y 20 personas, dependiendo de la temporada.
    La gran mayoría de quienes llegan aquí son hombres. Por cada 200 adultos que cruzan en este punto, lo hacen un niño y dos mujeres. Cada uno de ellos paga en promedio dos mil dólares por llegar al otro lado de la frontera.
    Ramiro dio un "entre" antes de salir de Chiapas, el resto lo irá pagando cuando llegue a Atlanta y encuentre empleo; un empleo que probablemente le permitirá ganar 10 veces más que los seis dólares diarios que ganaba en su tierra natal.


    La parroquia del pueblo, punto de encuentro

    El milagro de Altar

    A Altar le tocó ser el lugar más caliente de todo el Hemisferio Norte, con temperaturas máximas que rozan los 57 grados centígrados, 134 Fahrenheit. Situada en la zona noroeste de Sonora, la región desértica de Altar es una de las zonas más inhóspitas del planeta, así como una de las menos exploradas. Tal vez por eso en los últimos años el desierto de Altar se ha convertido en una ruta atractiva para quienes buscan cruzar la frontera entre México y Estados Unidos sin documentos.
    A partir de 1994, cuando los operativos Guardián y Salvaguarda se empezaron a aplicar en los estados de California y Arizona, la migración indocumentada tuvo que modificar su trayectoria y dirigirse hacia el desierto, en donde la vigilancia era menor. De esa manera, las ocho horas de recorrido después de cruzar "la línea" se convirtieron en 12, en 15, en una noche, en dos, caminando por el terreno agreste y desolado.
    "Estos operativos se implementaron porque supuestamente iban a acabar con la migración indocumentada. Lo que hicieron fue desviarla hacia otras áreas y ahí es donde empezaron a crecer las listas, porque nunca antes de esa época habíamos oído hablar de migrantes muertos", comenta Francisco García Atén, director de la Casa de Atención al Migrante y el Necesitado (CAMYN) en Altar. "Pero las cifras no han bajado, al contrario; el problema que iban a resolver se volvió más grande, y la gente sigue cruzando, pero con más dolor".
    Paradójicamente, fue esta nueva tendencia la que hizo surgir el milagro para Altar. Habiendo sido una población de actividad principalmente agrícola y ganadera, al igual que los otros seis pueblos de la zona, Altar empezó a sufrir estragos en su economía local a partir de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC).
    "Altar antes era de ejidatarios", señala Francisco, originario del pueblo. "Yo recuerdo en mi juventud mucho trabajo en el campo: la uva, el durazno, el trigo. Pero a partir del TLC a los productores les empezó a ir mal por la competencia con los productos subsidiados que vienen de Estados Unidos", comenta.
    Como este fenómeno se dio también en otras regiones del país, un nuevo giro llegó a Altar: la economía de la migración. "De pronto nos convertimos en la sala de espera de los migrantes, porque éste es el último lugar en donde tienen acceso a servicios antes de cruzar", dice Francisco. "Y a la par de los migrantes, fue aumentando la infraestructura de los servicios. Altar no es un lugar de turismo, aquí no hay nada que ver, ni playas ni cultura, y sin embargo hoy tenemos 14 hoteles, uno de ellos de cuatro estrellas, y 80 casas de huéspedes".

    Oraciones en el templo, mientras llega el momento de partir hacia el desierto

    En las cifras oficiales, Altar cuenta con ocho mil habitantes; sin embargo, cada día pasan por el lugar un promedio de dos mil personas, la inmensa mayoría migrantes. "En el período entre febrero y abril hubo días en que llegaron hasta 3,200 personas", comenta Francisco. "Parecía que la plaza pública estaba diario de fiesta".

    No falta quien, sorprendido de que el flujo de migrantes sea de esta magnitud con la cantidad de peligros que se enfrentan en el desierto, pregunte a Francisco si quienes vienen ignoran que hay un calor del demonio, que hay que caminar tres días, que la gente se muere. Francisco da la respuesta natural: "Es gente que vive en niveles de pobreza que nadie se imagina. El gobierno les ha prometido mejoras en su vida, pero la gente en los pueblos no tiene ni para comer; ésta es la única manera de cambiar su vida".

    Encomendados
    La temporada marca el ritmo en Altar. Junio está siendo un mes insoportable, la gente lo sabe. Los migrantes también, porque cuando llegan al pueblo platican con los otros migrantes, los que ya regresaron porque los agarró la Patrulla Fronteriza o porque debido al calor decidieron emprender el regreso. Algunos simplemente se entregan a la autoridad para salir del desierto.
    Los que ya están aquí le pasan la voz a los que apenas vienen, de modo que ahora, en junio, Altar está en temporada baja. Lo resienten los propietarios de los localitos ambulantes de comida instalados en la plaza, que por tres dólares dan desayuno o comida a los migrantes. Lo saben los dueños de los puestos que venden mochilas, calcetas, chamarras, camisas, zapatos tenis, crema para los labios o para la piel, ajo para ahuyentar con el olor a las serpientes, pendientes de cuero con imágenes de santos; paliacates con la Virgen de Guadalupe, con el dibujo de un montón de billetes verdes o con diseño de camuflaje.


    El camuflaje es un consejo que se pasan unos a otros. Al momento de cruzar se recomienda llevar ropa oscura, negra, verde, café o azul marino, con estampados o variaciones tonales pero sin dibujos —sin embargo, no son pocos los que llevan a la Guadalupana estampada en una playera, para viajar "encomendados". Las mochilas, las gorras, los zapatos, las chamarras y los pantalones deben ser igual. Los galones de agua que lleva cada migrante al cruzar, dos en promedio, también son pintados con tinta negra para evitar que el sol o la luz se reflejen en ellos y puedan ser vistos.


    Además de los dos galones, las provisiones para cruzar incluyen, en general, un paquete de pan de caja, algunas latas de atún o sardinas, latas de frijoles y en ocasiones de salsa; sal y una bolsa con limones para no deshidratarse.
    "La cosa es que no pese mucho, pero que tampoco se les acabe pronto", dice la mujer que atiende una de las tienditas frente a la plaza central del pueblo. "El coyote les dice: ‘Cada quien puede llevar lo que quiera, pero cada quien carga lo suyo’".
    Los migrantes compran sus provisiones y bajo el sol de Altar aguardan. Entre los portales de las casas de huéspedes y las bancas de la plaza, siempre hay una escala adicional: la visita a la iglesia del pueblo, dedicada a la Virgen de Guadalupe.
    En el templo vacío, cada mañana se ve entrar a los hombres a hacer una oración. Un tablero de avisos muestra las fotos y los nombres de otros hombres que han desaparecido en el desierto y son buscados por su familia. Cada migrante se encomienda con devoción y, mientras llega el momento de cruzar, paciente espera.

    ----------

    SEGUNDA PARTE: SOÑAR DESDE UNA BARRACA

    ALTAR, Sonora, México.— "¡Esta ‘migra’ ya nos agarró", grita frustrado "Mario" a sus 8 años de edad. Después de tres días caminando por el desierto junto a sus padres, su hermana de 6 años y otras personas, "la migra", la Patrulla Fronteriza, acabó con el sueño del pequeño.
    Originaria de Chiapas, la familia de "Mario" decidió emprender el camino hacia el norte para buscar una vida mejor. En su pueblo sus amigos tenían juguetes que su familia no podía comprarle. Pronto descubrió que esos juguetes provenían de Estados Unidos, de aquellos familiares que ya habían cruzado la frontera. Cuando su familia tomó la decisión, "Mario" también puso a Estados Unidos en su mira.
    Como esta familia, cientos de migrantes llegan cada día al pueblo de Altar, en Sonora, buscando mejorar sus condiciones de vida. Pero como ellos, también son cientos los que no logran cruzar en el primer intento. El ambiente antiinmigrante, el incremento de guardias de la Patrulla Fronteriza, además del calor excesivo en el desierto, provocan que muchos de quienes inician el camino decidan regresar o ser capturados y deportados.
    A estas condiciones se suman los grupos delictivos. Los migrantes que buscan senderos apartados de la ruta de la Patrulla Fronteriza frecuentemente invaden el territorio utilizado por redes de narcotraficantes. Son asaltados por gatilleros que tratan de intimidarlos; amenazan con matarlos si vuelven a utilizar esos caminos. Las mujeres son violadas y los hombres son golpeados.
    Todos ellos vienen de Altar. Los que regresan, regresan a Altar.

    Desde que inició la ola migratoria a través del desierto, hace cerca de 10 años, este pequeño pueblo transformó su fisonomía. Aquí y allá empezaron a aparecer los negocios de comida, ropa y provisiones para cruzar la frontera.
    También aparecieron las "casas de huéspedes", en su mayoría pequeños cuartos, barracas en medio de cualquier terreno, hechas de tabique y cemento, aunque las mejores cuentan con alguna capa de pintura. La mayoría no tiene ventanas ni ventilación adecuada. Sobre unos armazones de metal que hacen las veces de literas se colocan tablas con cojines o pedazos de tapete y algunas cobijas de lana que durante la época de calor más bien estorban.
    Cuando el migrante llega apalabrado con un coyote, generalmente ya tiene arreglada la casa en la que va a pernoctar. Ahí conoce a los otros, los que cruzarán con él. Juntos esperan el mejor momento para hacerlo, cuando vendrá por ellos el coyote.

    Afuera de una "casa de huéspedes’. Los migrantes centroamericanos temen alejarse por miedo a las autoridades mexicanas de migración

    El costo por noche de estas casas varía, pero se consiguen desde los tres dólares. Algunas incluyen dos comidas al día por tres dólares más. Tienen un baño comunitario, un lavadero donde igual se lavan los platos que la ropa aunque ahora, como es tiempo de calor, el agua escasea y hay que evitar su uso al máximo.
    Las casas más grandes cuentan con varios cuartos y un patio en el centro. Los huéspedes se dividen estos espacios durante el día: mientras "Mario", su familia y otros seis o siete compañeros juegan cartas dentro de uno de los cuartos, otro grupo afuera espera sentado, desde hace tres días, el momento de iniciar el camino hacia el sueño americano.

    La vida no tiene fe
    "Mario" juega entre las tablas y las cobijas que pretenden ser una cama para más de 10 personas, las mismas que iban con su familia cuando cruzaban el desierto. La madre relata con orgullo cómo el niño, en medio del recorrido, daba ánimos a su hermanita. En un punto del camino el grupo fue asaltado. A la familia le quitaron el dinero que llevaba; a algunos de los hombres les quitaron hasta los zapatos. A pesar de todo, continuaron hasta que los agarró "la migra". Ahora la familia espera un envío de dinero desde Chiapas para regresar.
    Otros miembros del grupo están dispuestos a intentarlo nuevamente y esperan el mejor momento. Mientras llega, la tarde pasa lenta, calurosa... y un vapor satura el ambiente.
    "La vida no tiene fe; a veces comiendo se muere uno", suelta de pronto Ismael Vera. Él es originario de Cintalapa y va a intentarlo por primera vez. Sabe que va a caminar dos días y tres noches; o al menos eso le dijeron. Pero él asegura que no le teme a la "cruzada", que peores cosas pasan si uno se queda sin hacer nada.
    "¿Y no le duele dejar a la familia, a los hijos?".
    Ismael no esperaba la pregunta. La sonrisa se le congela, la mirada se le pierde en el vacío; se le hace un nudo en la garganta y tarda en contestar con una voz bajita que pretende no quebrarse: "¿Tanto se nota?".
    "Es que uno no puede nomás ver a los hijos sufriendo allá", dice Ramón, otro hombre que ya ha cruzado antes. Lleva gastados 200 dólares en el viaje desde Chiapas hasta Altar. De ahí, todavía faltan los dos mil dólares del coyote. Ramón tiene esposa y nueve hijos entre los 21 y los 2 años de edad. Dos de ellos ya están en la universidad, dice orgulloso. "Si me estoy allá tal vez dejen la escuela. Ni modo de sentarme a llorar con ellos".
    Este grupo de ocho chiapanecos va derechito a Florida, "porque allá hay menos agentes de inmigración". En Chiapas cultivaban maíz, frijol, cacahuate. El problema es que no son dueños de la tierra y la tierra ya no se usa para cultivar porque ya no conviene; los pocos campos productivos que aún hay en la zona se han convertido en potreros o pastizales. Allá ganaban un salario mínimo de cuatro, cinco dólares diarios. En Estados Unidos, les han dicho, pueden ganar hasta 80 dólares al día.

    Óscar Díaz: la esperanza de regresar

    Sin embargo todos aseguran que no van para quedarse. "Pienso regresar", afirma Óscar Díaz. "Esa es mi tierra; voy por una necesidad, nada más por dos años, en lo que junto dinero para buscar un pedazo de tierra donde trabajar. A lo mejor construir un potrero".
    Entre los migrantes que pasan por Altar, los más vulnerables son los que vienen de Centroamérica. Son los que más "caen", explica el propietario de una de las casas de huéspedes; vienen menos preparados y más cansados, porque llevan más tiempo caminando.
    Cuando se les pregunta por su lugar de origen, todos los centroamericanos afirman ser de Chiapas, por temor a que las autoridades de inmigración mexicanas los deporten a sus países. Pero es fácil identificarlos: pasan los días de espera escondidos en las barracas. Los cuartos no tienen ventanas; la única luz entra por la puerta... y parece que el miedo también. La seguridad que da el cuarto impregnado de vapor pegajoso tal vez sirve para reunir valor para cuando haya que salir a la inmensidad agreste del desierto.

    "¿Tú sabes dónde venden boletos para Chiapas?". Ovidio, de 17 años, es originario de Petén, Guatemala. Después de seis días de viaje hasta Altar, emprendió el camino hacia el otro lado, con cuatro compañeros y sin "guía". Durante todo el día cruzaron a pie por un camino resbaloso, en medio del calor, hasta que de pronto un helicóptero los alumbró; 10 agentes de la Patrulla Fronteriza los amagaron y los deportaron a Nogales. De ahí regresaron, otra vez a Altar. Ahora Ovidio busca llamar a su casa para que le envíen dinero para regresar.
    "¿Tú no eres de ‘Guate’?", pregunta. "¿Y tienes celular?". "¿Y tú por dónde cruzas?". A Ovidio casi le cuesta entender que hay gente que llega al otro lado sin necesidad de atravesar el desierto a pie. "¿Y no me puedo ir contigo, verdad?", pregunta por no dejar. "Bueno, cabal platicamos", dice por toda despedida. La tarde sigue su curso. Desde dentro de la barraca, "Mario" sueña con el día en que regresará a Altar para cruzar otra vez; un día en que "la migra" tal vez ya no estará ahí.

    Hay quienes no reúnen los 35 pesos por noche para una "casa de huéspedes"

    Estos pies cansados
    Despacito, con el rostro quemadísimo por el sol, José López atraviesa la plaza central de Altar. Cada paso le duele, se nota desde lejos. José caminó durante dos noches por el desierto; la tercera ya no pudo más y se tuvo que quedar sentado mientras el grupo con el que iba seguía su camino. No tardó mucho en detenerlo "la migra" y fue deportado a Nogales. De ahí se regresó a Altar.
    A sus 22 años, ésta es la segunda vez que José intenta cruzar. Ya decidió que no lo va a intentar nuevamente. Ahora sólo busca que su familia le envíe dinero para poder regresar a Las Pilas, Chiapas, donde lo esperan su esposa y sus dos hijos. Allá es campesino y gana cerca de cinco dólares diarios que, dice, no alcanzan para nada.
    A un lado de la plaza hay una unidad móvil de la Cruz Roja. Ahí se dirige José con pequeños pasitos, y tras decirle al doctor que no tomó agua en dos días, con muchos trabajos se sienta para que lo revisen.
    Le empiezan a quitar los zapatos; el rostro se tensa, aprieta los ojos y los dientes. El hedor cuando le quitan los calcetines sólo puede ser producto del sudor de tres días en el desierto encerrado en los zapatos. Lo primero que se ve son las uñas grises, reblandecidas. El doctor le explica que se le van a caer.
    José tiene ampollas en ambos lados de los talones, una ámpula en las plantas de los pies, llagas entre los dedos. Con una navajita le cortan la piel y le sacan la sangre. Un enfermero se acerca comiendo un helado; ve la escena y ni se inmuta. "No trae nada en comparación de otros", dice.
    Amado Coello, el médico a cargo, explica que en este sitio se atiende a un promedio de mil personas al mes. "La cosa se agudiza de regreso, porque vienen insolados, deshidratados, anémicos, con las uñas de los pies estrelladas, los músculos hechos piedra", explica. Los pies se queman con la fricción de los calcetines y los zapatos. "En medio del tejido hay un ácido que provoca que cada vez que dan un paso, sienten como si estuvieran pisando lumbre", dice el médico.
    Además de los pies quemados, los casos más frecuentes son de deshidratación y los parásitos en el estómago, detalla Coello.

    ----------

    TERCERA PARTE: LA ESPERANZA SE LLAMA SÁSABE
    ALTAR, Sonora, México.— Llegó la hora. Un grupo que trata de ser discreto atraviesa rápidamente la plaza central de Altar. Llevan pequeñas mochilas, algunas bolsitas de plástico con latas de alimentos y botellas. Y cada uno, al menos un galón de agua. Hoy por la noche estarán cruzando el desierto.

    Arribarán a la frontera entre Sonora y Arizona —le dicen "la línea"— en viejas camionetas tipo van. En dos horas recorrerán el camino de terracería que separa el pueblo de Altar de la comunidad que se llama El Sásabe del lado mexicano, y simplemente Sasabe del estadounidense. La esperanza es llegar al segundo y, a partir de ahí, iniciar los tres días de camino hacia un punto seguro: Phoenix, la capital de Arizona.
    Es en Altar donde se dan cita los migrantes, los coyotes y quienes lucran con ambos. Al subir a la camioneta a El Sásabe, la mayoría de los migrantes tendrá apalabrado a un coyote. En ocasiones, él mismo los acompañará; en otras, los esperará cerca de la línea. En esos casos el conductor estará sobre aviso y sólo esperará instrucciones para recoger al grupo y dejarlo en El Sásabe.
    En un extremo de la plaza se alinean las camionetas, esperando su carga. Algunas traen escrita la ruta en la ventana con pintura blanca: "Altar-Sásabe". El costo del recorrido: cien pesos por persona, 10 dólares, y el cupo de cada camioneta es de entre 20 y 25 personas, aunque a veces caben 30. Esto se logra quitando los asientos y sustituyéndolos por cuatro filas de tablones en los que los migrantes se sientan apilados .
    Unos suben a la camioneta desde la plaza. Otros esperan en "casas de huéspedes", cuartitos de cemento y tabique que surgen en medio de una polvareda en las afueras del pueblo. La camioneta se va llenando; cuando ya están presentes todos los "encargos", el conductor emprende la ruta hacia El Sásabe.
    Hoy es un día ligero: sólo 18 personas van en esta camioneta que, además, conserva los asientos originales, un poco destartalados. Todos son hombres; al menos uno es menor de edad. "Ahorita está flojo, yo creo que por el calor y porque hay mucha migra", explica Adrián, el chofer de la camioneta, que inicia el viaje a una velocidad excesiva, sobre un camino de piedras y hoyos.
    El vapor dentro del vehículo se mezcla con el polvo que llega de afuera. En lugar de cristal, las ventanas tienen unas placas de plástico transparente que vibran con un ruido de matraca incesante. Una nube de arenilla sigue a la camioneta durante todo el recorrido. Aunque se conocen entre sí, los hombres no hablan, a veces hasta dormitan. Como si no estuviesen sudando, dando de brincos y tumbos sobre el camino que se adentra inexorablemente en el desierto.

    El punto para encomendarse, al inicio de la carretera Altar-El Sásabe


    Historias
    Éste es el recorrido que hacen todas las camionetas, todos los días. Y cada una lleva sus historias únicas. Por aquí ha pasado Víctor, originario de San Juan Chamula, Chiapas. Su viaje es de los más largos: va hasta Alaska, en donde lo espera su primo y un empleo que le permitirá enviar dinero a su familia.
    A sus 20 años Víctor sólo ha trabajado en el campo cultivando flores, pero "ahorita ya no hay trabajo". Aunque sabe que Alaska está lejos, dice que no le da miedo ir hasta allá. Que ya no había manera de quedarse en el pueblo.
    —No es que aquí uno no coma, bien come uno, pero hay otras necesidades para salir adelante. Si uno tuviera dinero, no se iría de allá.
    —¿Qué dijo tu mamá?
    —Dijo: "Está bueno", sólo que me encomendaba a las manos de Dios. Yo le dije que no se preocupara, si en el camino pasaba algo, pues ya pa’dónde. Uno, mejor luchar que robar.
    Por aquí ha pasado también Laura y su historia. Ella tiene 21 años y cuatro meses de embarazo. Viaja acompañada de un par de hombres que dicen ser sus vecinos. Nadie la espera del otro lado, no sabe adónde va a llegar, a que ciudad, a qué estado. Trabajaba en una tortillería en Oaxaca, donde ganaba cinco dólares a la semana. Ahora desea llegar a Estados Unidos para ganar más, juntar un dinerito "donde sea que haya trabajo, lavando ropa, en el aseo de la casa, en una paletería".
    —¿Por qué decidiste irte ahora que estás embarazada?
    —Porque quiero lo mejor para mi bebé.
    —¿Sabes que es peligroso caminar tanto tiempo? ¿Sabes cuánto tienes que caminar?
    —Me dijeron que tres noches. Voy a hacer el intento, tratar de no quedarme en el camino.
    —¿No te da miedo?
    —A veces me agüito; sí me da miedo, por el bebé. Por mí, como sea, pero el bebé es lo importante.
    —¿Y vale la pena el riesgo?
    —Sí, para vivir bien. Lo que no quiero es que venga nomás así, sin que yo tenga algo.
    —¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Estados Unidos?
    —Lo que necesite para juntar dinero. Quiero regresarme a construir una casa amplia, con un terreno. A ver si es rápido, no vaya a ser que el bebé crezca y luego ya no se quiera ir.
    Los ojos de Laura brillan de ilusión cuando habla de su hijo. Si es niño se llamará David Alejandro; si es niña, Sheila Isabel. Lejos quedan las recomendaciones del médico de Altar de que las embarazadas no crucen por el desierto: "Caminan y caminan hasta que empiezan con un sangradito", advirtió. "Las que regresan, llegan con amenaza de aborto".
    Entre los que viajan hoy viene un grupo originario de Puebla. Sus condiciones son mejores que las de otros. Tomaron un avión a Hermosillo, la capital de Sonora, y de ahí viajaron a Altar. Los familiares en Nueva York —algunos le dicen "Puebla-York"— ya están bien instalados allá: mandaron el dinero para el transporte, amarraron el coyote y los esperan para pagarle.


    Escalas
    Al entrar en la carretera de tierra, tres cruces —una para los niños, otra para las mujeres y otra para los hombres muertos en el desierto— lanzan a los viajeros de la camioneta un recordatorio de lo que puede pasar. Ninguno de ellos parece haberlas visto.
    El camino está lleno de pequeños altares que aparecen aquí y allá. También algunas cruces, como las que se ponen en el sitio en el que alguien murió. El altar más grande del camino está dedicado a la Virgen de Guadalupe y a San Judas Tadeo. Rodeado por decenas de veladoras, es una escala obligada para quienes van rumbo a El Sásabe.


    Un hombre se baja del vehículo y se acerca con devoción; se inclina, hace una oración, cierra los ojos. Cuando los abre, con solemnidad toca la imagen religiosa y lleva la mano al corazón antes de persignarse. Hasta Adrián, el chofer de la camioneta, discretamente hace su plegaria cuando no lo ven los demás.


    Allá en un rincón, debajo de un mezquite, hay un altar más pequeño: es el altar a la imagen de la Santa Muerte, una figura que en los últimos años ha cobrado popularidad en México —se alega que concede favores relacionados con el amor y con la protección— y que no es reconocida por la Iglesia Católica.
    "A ésta también vienen y le hacen encargos", explica Adrián. "Vienen y le dejan cervezas, cigarros, un carrujo de mariguana, bolsitas de cocaína. Ya se imaginará quiénes son los que pasan por aquí".

    La Santa Muerte: los otros encomendados


    Con la incursión de los migrantes por las zonas desérticas en los últimos 10 años, los grupos que se dedican al narcotráfico los ven compartiendo algunas de sus rutas. Ellos cuentan con gatilleros que asaltan e intimidan a los migrantes, para obligarlos a buscar otros caminos. Pero hasta ahora, la de El Sásabe es una ruta compartida.
    La camioneta sigue su viaje. Una hora después, otra escala. Un retén del Grupo Beta, la agrupación del gobierno mexicano que ofrece atención a los migrantes, la detiene. El agente abre la puerta, echa un vistazo y, tras identificar a los periodistas que no es común ver por la zona, se concentra en el resto del grupo.
    El hombre tiene experiencia; de una ojeada puede adivinar el origen de los que están ahí. "¿Tú eres del Estado [de México] o del D.F.?", pregunta a uno, que resulta ser de la capital. "¿Y tú?", le dice a otro. "De Oaxaca", responde el aludido. Muchos inmigrantes centroamericanos que entraron indocumentados en México van preparados para responder que son de un estado del sureste mexicano, por temor a ser deportados.
    El agente Beta tiene sus sospechas. "¿De qué municipio eres?", cuestiona al mismo hombre. La respuesta lo deja satisfecho y, a gritos, da recomendaciones generales al grupo: el camino que van a iniciar es muy peligroso; ésta es una mala época para cruzar por el calor. Si aun así van a cruzar y los agarra la migra, no deben correr, porque pueden perderse.
    Se va y la camioneta sigue su rumbo. El paisaje se vuelve más rocoso y el camino más difícil. La frontera ya está cerca: se nota en el ambiente dentro del vehículo. Quienes dormitaban empiezan a despertar, parpadean nerviosos, están alertas. No han dicho una palabra durante todo el trayecto, pero ahora su silencio se siente en el aire.
    La última escala es el sitio llamado La Ladrillera, una zona que se interna en el desierto 15 minutos antes de llegar a la frontera. Ahí bajan cinco hombres que, junto con otros que los esperan, aguardarán la noche para empezar a caminar. Este camino es menos vigilado por la migra, pero más frecuentado por asaltantes. Los hombres que deciden tomar la ruta de La ladrillera saben que van a un asalto casi seguro, pero confían en que después de quitarles el dinero, los asaltantes les dejen continuar.
    Finalmente: El Sásabe. Allá, al fondo, sobre el alambre de púas, ondea la bandera estadounidense. Ahora habrá que encontrarse con el coyote que ya espera en algún punto; esperar a que oscurezca, recorrer la línea hasta encontrar la vereda que parezca más segura. Recordar que van encomendados, que la familia espera, que es sólo por un tiempo, que siempre es mejor luchar que robar.

    "Super Coyote", el único negocio establecido en El Sásabe
    ----------

    CUARTA PARTE: "MEJOR ASALTADO QUE MUERTO DE HAMBRE"
    EL SÁSABE, Sonora, México.— "El pollerismo es un mal necesario, porque si no estuvieran los polleros, ¿cómo se iba a ir sola la gente?" La lógica de Luis Chávez, uno de sólo dos agentes de la policía municipal de El Sásabe, es contundente. "No se van a dejar de ir; es su país, no los pueden detener para que no crucen. Y no tienen cómo seguir viviendo si se quedan. Es muy injusto, mi propio gobierno está fallando en ese aspecto", comenta.
    Los dos policías en El Sásabe, uno para cada turno, están para patrullar los alrededores de la escuela; el resto del pueblo es tierra de nadie. Formalmente todos los niveles de autoridad están representados aquí: policía municipal, estatal, federal preventiva, agentes del Grupo Beta y el Ejército. Pero, dice Luis, nomás no alcanzan.
    "Si trabajáramos en operativos conjuntos, tal vez se podría lograr que la zona fuera más segura, atacar a las gavillas que andan asaltando, que violan a las mujeres", dice. "Pero no se puede". Así que nada más oye las historias de los que van bordeando la línea buscando el mejor punto para cruzar.


    La línea fronteriza entre El Sásabe, en México, y Sasabe, en Arizona, está marcada por tres hilos de alambre de púas. En el puerto de cruce, sobre dos carriles para autos y una pequeña caseta, ondea la bandera estadounidense. De ahí hacia los lados, todo es desierto.
    Desde que Altar se convirtió en el centro de operaciones de migrantes y coyotes, El Sásabe tuvo un nuevo destino. Los habitantes de este pueblo de calles sin pavimentar dedicaban su actividad a recoger leña, hacer ladrillos, trabajar en las tiendas o en la gasolinera del pueblo. Pero la economía de la migración llegó a Altar, y con ello a la frontera.
    De eso puede dar cuenta la familia López*, dueña de una extensa propiedad a la orilla de la línea. Bajo los árboles que crecen frente a la casa familiar, se detienen los migrantes un momento antes de cruzar. María, la hija, prepara comida para venderla a los que pasan. La madre acondicionó un cuarto que renta por noche.
    Pero el principal ingreso del hogar lo trae Felipe. Su primer "trabajo", cuenta, le cayó a los 15 años. Muy sencillo: ayudar a los migrantes a pasar al otro lado.
    Felipe estudió hasta la secundaria, como muchos en su pueblo. Si alguien quiere estudiar la preparatoria, tiene que ir a Altar o a Caborca. Ni hablar de estudios universitarios. Pero la geografía le ayudó: a sus 25 años, el "trabajo" le llega, literalmente, a la puerta de su casa. De los dos mil dólares, a veces tres mil, que cobran los coyotes que conectan a los clientes, a Felipe le tocan mil.
    "No está mal; a veces me caen unos seis o siete pollitos al mes", dice. Nada mal para alguien que sólo estudió nueve años.

    ‘Ahora se aguantan’
    Esta temporada está siendo mala. Al calor del verano se sumó el anuncio de que llegará la Guardia Nacional. Tal vez por eso ahora hay tanta migra. Viniendo del lado estadounidense, todas las carreteras y los pequeños caminos que bordean la frontera en esta parte de Arizona ven pasar una, otra, otra camioneta de la Patrulla Fronteriza. Malas noticias para los migrantes.
    Y malas noticias para los coyotes o polleros; para la policía, estatal, para la federal, para el Grupo Beta. Porque, asegura Felipe, de la riqueza que se genera con la migración, a todos les toca una tajada.
    "Los que llevan un grupo se esperan hasta que haya menos autoridad, así tienen que dar menos corte", explica, refiriéndose al soborno. "Porque a todos hay que darles para que dejen pasar: a la municipal, a la del estado, a la PFP y hasta al Grupo Beta", dice. "Pero si el Grupo Beta está para ayudar ¿o no?", se le pregunta. "Pues sí, pero cuando vienen las camionetas de Altar hay un retén, ¿no? Bueno, ahí les piden el dinero a los guías y hasta a los migrantes, aunque sea para las sodas", afirma.
    Felipe asegura que ninguna de estas autoridades puede ayudar realmente a los que cruzan, porque no vigilan el área de noche debido al peligro de ser asaltados. Mario Alfonso López, titular de la delegación del Grupo Beta en El Sásabe, lo confirma: sus agentes, cuya función es proteger al migrante, patrullan la zona de 8:00 de la mañana a 6:00 de la tarde "para evitar incidentes". Pero a esas horas pocos cruzan; la gran mayoría espera hasta que cae la noche.
    "De noche, nada más el Ejército anda por la línea", comenta Felipe. Según el joven, los militares son los únicos que no reciben dinero de los coyotes; de hecho si los encuentran, "les ponen una madriza", explica. Esto se debe no sólo a su actividad de transportar personas; una gran parte de los coyotes aprovecha el cruce para llevarse un paquetito de droga como "trabajito" adicional.
    Además de cuidarse de la autoridad, el coyote también tiene que cuidar a su grupo de los asaltantes o bajadores. Los migrantes que cruzan por el desierto han invadido las rutas que antes eran exclusivas de los narcotraficantes; ahora estos grupos contratan gente para que asalte y golpee a los migrantes a fin de persuadirlos de que no vuelvan por ahí. Sin embargo, continúan haciéndolo porque por ahí hay menos migra.

    Se buscan. No se sabe si los asaltaron, si murieron, si llegaron con bien...

    "Ya sabemos que nos van a asaltar, pero mejor asaltados que muertos de hambre", dice un hombre originario de Veracruz que bajo los árboles del jardín de Felipe se prepara para cruzar. Va con un grupo que ha oído de todo: que los bajadores también violan a las mujeres, que a veces se las llevan con ellos; que algunos se quedan tirados ahí, que se mueren y se los comen los otros coyotes, los "de a de veras". Aún así, van a cruzar.
    Por si esto fuera poco, el maltrato también llega del otro lado. La Casa de Atención al Migrante y el Necesitado (CAMYN) de Altar reporta cada mes decenas de quejas por violaciones a los derechos humanos de los migrantes.
    "Las quejas más frecuentes en México son de corrupción, pero cuando entran en contacto con la Patrulla Fronteriza, los migrantes se quejan de sufrir humillación", explica Francisco García Atén, director de la CAMYN. "En los centros de detención no se cumple con darles de comer; les dicen palabras altisonantes, los someten a ejercicios forzados diciéndoles: ‘A eso venían, ¿no? Pues ahora se aguantan’".
    Trabajo garantizado
    Está difícil seguirle el paso a Felipe cuando no se está acostumbrado a caminar en el desierto, bajo el sol que quema. Va rápido, no sólo porque conoce bien el terreno, sino porque ése es el ritmo que se sigue cuando se camina en esto, esquivando los arbustos espinosos.
    No sólo los cactos y nopales que crecen caprichosamente aquí y allá espinan; también las pequeñas hojitas con filamentos puntiagudos que se atoran en el pelo, en la ropa y que atrapan al que va pasando. Por más cuidadoso que se sea, al cabo de 20 minutos la piel ya tiene varios rasguños.
    A esos rasguños se suman los provocados por el alambre de púas. Entre un terreno y otro, todavía del lado mexicano, varias líneas de alambre pretenden en vano impedir el paso de los migrantes. Felipe sabe cómo abrir un poquito el durísimo tejido para que uno pueda pasar sin respirar, haciendo una horizontal casi perfecta. Aun así, un par de veces la ropa se queda atorada entre las púas.
    Felipe camina de manera paralela a la línea, también bordeada por alambre. El terreno disparejo y agreste sube y baja abruptamente; cruza cañadas y arroyos secos, trepa por enormes piedras y montículos de tierra y grava, pasa por áreas de arbustos y por terrenos rocosos.
    De vez en cuando se encuentra la evidencia del paso de otros grupos: latas vacías de atún o de sardinas; botellas, a veces contenedores de agua; una prenda de ropa que estorbó; el zapato de un bebé.
    Felipe llega al punto conocido como "la puerta", a una milla del cruce fronterizo. Es un espacio abierto en la línea, suficientemente ancho para dejar pasar a un auto pequeño. Algunas veces, si no hay mucha migra, los grupos cruzan por ahí.
    Pero esta vez es complicado. La migra anda por todos lados. Son cerca de las 6:00 de la tarde y ya hay tres vehículos vigilando, con su franja verde brillante. Felipe asegura que ha llegado a ver hasta siete.
    El joven sigue avanzando hasta llegar a la cima de un cerro. En condiciones normales, permanecería sentado ahí hasta que llegara el mejor momento para cruzar. Pero ahora no hay clientes; los que estaban afuera de su casa ya vienen "encargados".
    Felipe asegura que ese grupo, los que vienen de Veracruz, no van a llegar, que los van a "bajar" en el camino y mañana van a estar de regreso. A él le ha pasado, pero cuando le regresan a su gente los vuelve a cruzar hasta que llegan a su destino. "Va con el trabajo; se les da garantía, para que regresen, porque la mayoría viene recomendado", dice.
    —¿Qué es lo que más te gusta de este trabajo?
    —Pues que soy libre. Allá en el otro lado es diferente; haces una cosa, y ahí está la policía.
    —¿Y qué es lo que no te gusta?
    —La pobreza... Y el calor.


    El sol se empieza a meter y a lo lejos se ven las tres camionetas de la Patrulla Fronteriza. Felipe sabe que los agentes lo están viendo con binoculares, que están viendo que él también los ve. Los separa un terreno profundo y en declive que está del lado americano.
    Después de un rato, Felipe se empieza a poner nervioso y decide volver al pueblo. Emprende el regreso a lo largo de la línea bordeando algunos arbustos y cubriendo su rostro. Al empezar el movimiento, una de las camionetas se lanza cuesta abajo y se pierde de vista.
    Súbitamente aparece, como salida de la nada, después de atravesar el declive que la separaba de la línea. Recuerda esas imágenes que representan a la migra como un perro de dientes afilados: se oye el sonido de las llantas derrapando sobre la tierra, justo a la altura de "la puerta". El aire se tensa, la camioneta se detiene; las puertas se abren y bajan dos agentes altos y rubios, de presencia imponente. No cierran la puerta de la camioneta detrás de sí.
    Felipe apura el paso, cubre su rostro con la gorra. No corre pero no baja la velocidad y no voltea. Todos los que van con él apuran el paso, aunque en ningún momento han salido del territorio mexicano. "¡Hey, amigo!", se escucha gritar a un agente que busca que los otros se detengan, que se acerquen. Que tal vez sin darse cuenta crucen la línea, ese punto arbitrario que divide lo legal de lo ilegal.
    La pregunta es obligada. "¿Por qué corriste? Tú estás en tu país, ellos no pueden cruzar la frontera para detenerte…" "Pues se supone que no, pero sí cruzan. Son bien…", responde Felipe, insultándolos con un tono que pretende ser desprecio, pero que trasluce el miedo que los migrantes, y también los coyotes, sienten todos los días.
    Es un miedo contagioso. Lo sintieron los que iban con Felipe, que corrieron detrás él hasta quedar lejos de la línea, fuera de la vista de los agentes, como si hubieran estado haciendo algo malo. Como si estar parados en la orilla de su país, viendo para el otro lado, estuviera prohibido. Como si el simple anhelo de saber qué hay más al norte fuera suficiente para ser un criminal.

    jueves, junio 22, 2006

    Porque el público lo pidio...




    ...finalmente llega a ustedes la presentación oficial de El Rincón del Recado.

    Todos los recados que he enviado desde que llegamos a Los Ángeles, hace un poco más de dos años, aparecen en el archivo con la fecha en la que fueron enviados originalmente.

    De aquí pa’delante, dense una vuelta por aquí de vez en cuando para seguir recibiendo los únicos, los famosos, los inigualables recados de El rincón del Recado.

    ¡Ah! Próximamente La Galería de fotos… no le cambien de canal…

    lunes, mayo 01, 2006

    Recado boicotero

    “Empacó un par de camisas, un sombrero,
    vocación de aventurero, seis consejos, siete fotos, mil recuerdos...
    El mojado tiene ganas de secarse.
    El mojado está mojado por las lágrimas que bota la nostalgia”.
    -Ricardo Arjona

    Tuvo que pasar más de un mes después de la multitudinaria Gran Marcha celebrada en Los Ángeles el 25 de marzo, para que yo pudiera sentarme a enviarles este recadito, que formalmente está siendo terminado el primero de mayo, lo cual celebro, porque eso le da a este texto un simbolismo adicional.

    Como les conté en correos pasados, este mes ha sido una locura, pero una locura bien sabrosa. Supongo que la gran mayoría de ustedes sabe algo o mucho sobre la ley Sensenbrenner, la iniciativa presentada por el senador republicano del mismo apellido, originario de Wisconsin, ignorante, racista y güey. Y estos calificativos se los endoso no sólo por lo aberrante de su propuesta, que oficialmente lleva el sonoro nombre de HR4437, sino porque con ella, sin saberlo, le hizo un favor a los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Voy por partes.

    Mucho de lo que les puedo decir ya lo vieron en imágenes; la marcha del 25 de marzo en Los Ángeles, al igual que la del 10 de abril en Phoenix y otras ciudades de este país, fue muy linda, muy emotiva, histórica por muchas razones; pero la principal es que por primera vez en la historia de Estados Unidos los inmigrantes salieron a la calle, demostraron que tenían voz y dijeron "ya basta".

    Y no, no me refiero a los inmigrantes tipo Fox-Televisa, "los pobrecitos inmigrantes maltratados" vistos sólo con los ojos del cruce por el desierto y los millones de dólares que llegan cada año. No me refiero sólo al mito del mexicano maltratado, malcomido y discriminado haciendo trabajos "que ni los negros quieren hacer". Me refiero a esta gente que lleva aquí muchos años luchando y saliendo adelante; gente que es mirada con desprecio por la mayoría de los mexicanos que viven en México, pero que ha logrado escalar en la estructura social de este país y que si bien empezó lavando pisos o arreglando jardines, hoy ha puesto un negocito, le da empleo a otros paisanos, gana decenas de miles de dólares al año y habla los dos idiomas a la perfección. (Me consta que muchos profesionistas mexicanos, esos que los ven como los "pobrecitos migrantes", son incapaces de ordenar el platillo más sencillo de un menú en inglés y dependen de los buenos o malos humores de un patrón).
    Bueno, pues esa gente, la que ha salido adelante con trabajo y tesón, es la gente que fue a la Gran Marcha y a las muchas otras marchas.

    Ahora, si durante tantos años ha habido tanta gente inmigrante en tantas ciudades de Estados Unidos, aguantando tanto abuso y malas mañas… ¿por qué hasta ahora salieron todos a la calle? La razón es muy sencilla: nunca, hasta hace unos meses, se había tocado al inmigrante con documentos. Durante muchos años los antojos y malos humores de los políticos republicanos han llevado y traído propuestas de ley para amolar a los indocumentados (para quienes no lo saben: el argot de la gente progresista evita el uso de la palabra "ilegal" para referirse a los inmigrantes indocumentados, bajo la premisa de que "ningún ser humano es ilegal"); pero nunca se habían metido con los hijos, hermanos, amigos, parientes de esos inmigrantes indocumentados.

    Aquí es donde entra el favorcito que nos hizo el amigo Sensenbrenner. Se le ocurrió inventar esta ley que, como ustedes tal vez sepan, convierte en criminales no sólo a los inmigrantes que estén indocumentados en el país, sino a todos aquellos que les proporcionen cualquier tipo de ayuda (para aclarar un poco, la diferencia entre con respecto a la sanción anterior es que antes la falta del indocumentado se consideraba un delito, por traducirlo de alguna manera, pero no un crimen. En inglés la palabra es "felony", e implica penas más severas y prisión).

    Pues mira nada más qué error. Eso quiere decir que si, por ejemplo, un edificio se está incendiando y un bombero saca a los que estaban adentro, y alguno era indocumentado, el bombero es criminal. Que si en un salón de clases hay una maestra y veinte niños, ella tendría que asegurarse de que todos tienen documentos, para no ser criminal. Que si alguien nació aquí de padres indocumentados, y a la mamá le da una embolia y la lleva al doctor, entonces se convierte en criminal. Que si le das empleo, le das un aventón, le das comida, le extiendes la mano a un indocumentado, eres un criminal. Hilary Clinton dijo: "Esta ley convertiría al buen samaritano en un criminal". E inmediatamente la Iglesia Católica se tuvo que preguntar: "¿Qué habría hecho Jesucristo en esta situación?".

    La bomba tronó, y ya vieron ustedes cómo. Los que salieron a la calle fueron inmigrantes, pero la mayoría de ellos con documentos, los del negocito y los dos idiomas. También salieron ciudadanos, y gente no sólo latina, sino de otras comunidades inmigrantes, y estadounidenses de muchas generaciones, que se sintieron ofendidos, agraviados, impotentes ante tanta estupidez, porque en diciembre pasado la ley Sensenbrenner fue aprobada por la Cámara Baja (por eso el nombre formal de la ley empieza con HR, "House of Representatives") y la pasó al Senado para su aprobación.

    Salieron los niños y los papás y los abuelos y los jóvenes, y hombres y mujeres de todas las edades. Marcharon los obreros y los campesinos, muchos de ellos indocumentados, sí, pero también los que llevan 20 años aquí, a los que les tocó la amnistía de la década de los 80, pero que aún recuerdan lo que se siente ser perseguido, estar acorralado, vivir en la multicitada jaula de oro; pasar tres, cuatro, seis, diez años sin ver a tus padres, saber que murieron y no poder ir a decirles adiós; tener a tus hijos en otro país, conocerlos por fotos y por eternas llamadas por teléfono, sonreír sólo cuando vas a ponerles los dólares de esta quincena.

    Marcharon los políticos que se hicieron chiquitos ante tanta gente, y los curas y los pastores y los líderes y los académicos y los artistas y los intelectuales. Salieron las banderas mexicanas, salvadoreñas, argentinas, cubanas, guatemaltecas, venezolanas, colombianas, ecuatorianas, hondureñas; salió la Virgen de Guadalupe en indecibles mantas y letreros, supliendo al escudo en nuestra bandera nacional. Y salieron miles de banderas estadounidenses, las playeras blancas para decirle a los güeros que no, que los migrantes no son una amenaza, ¿pues qué no se acuerdan? Son los que les limpian el jardín y a los niños cuando se ensucian, y los que cultivan su comida y arreglan sus autos y limpian su oficina y cocinan su comida; y también los que tienen una empresa de transporte o de construcción o de mantenimiento o un supermercado donde se encuentra la comida más fresca porque acaba de llegar de México. ¿Pues que no saben que cocinar, construir, cuidar niños, cultivar, es de lo más patriota que hay? ¿Pues qué más amor quieren, entonces?

    El 18 de marzo en Los Ángeles se celebró la marcha anual contra la guerra, con tres mil personas en la calle. Se consideró un éxito. Esa es la magnitud de marchas que esta ciudad está acostumbrada a ver. Una semana más tarde, el 25 de marzo, un millón de personas vestidas de blanco se volcaron a las calles, marcharon en paz, agitaron banderas, cantaron, corearon consignas, sonrieron, se dieron confianza unos a otros; mandaron el miedo a la fregada y decidieron que ya no más. Nomás me acuerdo y se me pone la piel chinita; en un entorno de eterna incertidumbre, reunir el valor de salir a la calle con un cartel que pide justicia en las manos, requiere valor; pero no hay mejor satisfacción que voltear atrás mientras caminas y ver que junto a ti va todo un pueblo. Y los pueblos no se equivocan.
    El lunes 27, dos días después de la marcha, la ley HR4437 no logró los votos suficientes para ser aprobada en el senado.

    ---------------

    Así que llenos de valor, los latinos de todo el país se pusieron las pilas para ver cuál era el siguiente paso. El Senado, en sus ganas de resolver el asunto, y también de irse de vacaciones de Semana Santa, se dedicó la semana siguiente a inventar nuevas opciones para los indocumentados. Así, apareció otra propuesta de ley, conocida como el plan del Comité Judicial del Senado, que fue la instancia que la propuso, y que ofrecía un benévolo paquete para los indocumentados: la posibilidad de legalizar a quienes tuvieran más de cinco años aquí, y la opción de reingreso legal para quienes tuvieran menos de cinco y más de dos. Esa propuesta fue rechazada por el pleno del Senado casi inmediatamente.

    En las próximas semanas el asunto deberá resolverse con una propuesta intermedia. No es lo que quieren las organizaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes, que buscan una legalización para todo el que ya esté en el país, entre otras cosas, para preservar la unidad familiar (¿qué pasaría, por ejemplo, si los padres de una familia llegaron hace cinco años y trajeron a sus hijos al país apenas el año pasado, por ejemplo?). Sin embargo los analistas consideran que, con una elección de Congreso federal el próximo noviembre, es posible que la salida más rápida sea la que no se instale en ninguno de los dos extremos.
    En términos generales, ahí está la cosa legal.

    Pero mientras tanto, la comunidad está que arde. Porque ya se dieron cuenta que de verdad no están solos, que su trabajo vale y que su dignidad también. Así que este primero de mayo lo demostrarán diciéndole a este gobierno: "Vine porque te necesito, pero tú también me necesitas a mí, así que vamos negociando y poniendo a cada quien en su sitio". Lo demostrarán faltando a sus trabajos y escuelas unos, marchando y coreando consignas otros, cerrando sus negocios unos más, dejando de comprar y consumir la mayoría, sintiéndose orgullosamente latinos todos.

    Yo así me siento; muy contenta de estar aquí en este momento y en este lugar, y muy orgullosa de ver a nuestra gente, la que guardando a su patria en el corazón vino a un lugar hostil para buscar lo que su gobierno le negó. Unos han dicho que el gigante estaba dormido, y que despertó, pero un hombre en Phoenix me dio su versión, y con esa me quedo: "El gigante no estaba dormido; estaba trabajando".

    Hay muchas historias, anécdotas, detalles que aún deseo compartirles. Espero hacerlo en los próximos días. En tanto, anexo el link a algunas notas publicadas en La Opinión.

    Un beso boicotero a todos.

    www.laopinion.com

    Del 25 de marzo:
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060325193301817572
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060325170307749818

    Del 10 de abril:
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00000000000000057390
    http://www.laopinion.com/ciudad/?rkey=00000000000000057780

    De todo un poco:
    http://www.laopinion.com/ciudad/?rkey=00000000000000092590
    http://www.laopinion.com/ciudad/?rkey=00000000000000092790

    Del 1 de Mayo:
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060430174800661604
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060430193902430770


    martes, marzo 07, 2006

    Recado maquilador

    En el caso Lydia Cacho-Kamel Nacif-Mario Marín, todos escuchamos las grabaciones del "preciosogate", y todos nos indignamos y todos pedimos que el "gober" renuncie inmediatamente (aunque aquí, al igual que allá, también hubo grupejos que "defendieron" a su gobernador porque un día les dio un boing o algo así).

    El caso es que al margen del gobernador, considero que se le debería poner mas atención al tipejo ese de Kamel Nacif. La conversación filtrada es solo una perla en un laaaaaargo rosario de canalladas que el fulano ha cometido, principalmente en contra de los trabajadores de la maquila, con la connivencia de los gobiernos estatales y del propio Fox. Hace unos días platiqué con miembros de una organización que me informaron que el tipo estaría a punto de salir del país y largarse a explotar gente a otro lado (a EU no puede venir porque teme ser arrestado).

    Por esa razón, y porque hay muchas cosas que aquí (en EU) no se saben, realicé un trabajo sobre el asunto, con la intención de recordarle a la gente que "el héroe de la película" en realidad es Kamel Nacif, y que no se le debe quitar el dedo de encima. Pero además de eso, que el asunto de la maquila en general es un problema binacional, que debe ser resuelto en ambos lados de la frontera.

    Así que aquí está el link a la versión electrónica de este trabajo que se publico en La Opinión en dos partes, por si consideran que le podría interesar a alguien, o por si ustedes mismos le quieren dar una leída.

    Primera parte: Las maquiladoras de Kamel Nacif
    Maquilatitlán: la impunidad que da el poder. El empresario cuyas conversaciones con el gobernador de Puebla se hicieron públicas, tiene un historial de violaciones a los derechos laborales en la industria textil
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060304164230803151

    Segunda parte: De la maquila al sweatshop
    Ante la falta de opciones laborales, muchos mexicanos migran para trabajar en los talleres de costura de LA
    http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00060305172126491954

    martes, septiembre 06, 2005

    Recado de La Catrina


    En español así es como le diríamos; la "K" solo aplica cuando se está hablando en gringo. Pero el caso es que el huracán Katrina, el nombre más sonado por acá en los últimos días, inevitablemente me remitió al famosísimo grabado de José Guadalupe Posada, del mismo nombre, pero con "C": una calaca mexicana con un sombrero afrancesado.

    La Catrina con "K" llegó al afrancesado Nueva Orleans, así, toda muerte. No sé cuánto se sepa fuera de Estados Unidos, ni desde cuándo. En México, estamos acostumbrados a oír los nombres de huracanes fuertes, dos o tres veces al año, en nuestro propio territorio o cerquita, en el Caribe. Las imágenes de pueblos inundados nos son comunes, la gente llorando por lo perdido, pidiendo ayuda. Así que, aunque he visto que han puesto alguna atención los noticieros, sobre todo los de radio, y algunas columnas en periódicos criticando a Bush, pues decidí escribir un poquito para echarle más leña al fuego; tal vez con la esperanza de que alguien con estas líneas encontrará una perspectiva más cercana de un problema que, seguramente, desde allá se debe ver muy lejos.

    Esta tragedia, la del huracán Katrina, específicamente en Nueva Orleans, es igual y diferente. Es igual porque los afectados son los pobres, que en este país significa los negros. Sí, aunque algunos no lo sepan o no lo crean –incluido el presidente Fox, que diplomáticamente dice que los mexicanos hacen trabajos que "ni los negros quieren", como si económicamente los negros estuvieran un escalón más arriba que los mexicanos- en Estados Unidos la población más pobre no son los latinos, sino los negros. Eso significa que también son los que tienen menor grado de educación, que son los que padecen mayor violencia intrafamiliar, que son los que más ocupan las prisiones y son los que más mueren asesinados. Y en Nueva Orleans, dos terceras partes de la población era negra y 40% de los niños eran pobres.

    Decía, pues, que en eso la tragedia es igual. Los ricos o la clase media alcanzaron a salir. Básicamente la ventaja fue que tenían un auto para dejar la ciudad y dinero para pagarse un alojamiento en un lugar cercano o no tanto. Los que se quedaron son los que no tenían ni lo uno ni lo otro, los enfermos y los viejos. Todos ellos son las víctimas.

    La ciudad que ya no existe más

    Pero esta tragedia es también muy diferente. La primera razón, y la que hace que sea de una magnitud muy superior a muchas otras, son las características geográficas de la zona. Porque cuando vemos las imágenes de los huracanes terribles en El Salvador, en Honduras, en las islas del Caribe, en México, sabemos que una vez que baje el agua se inicia la reconstrucción, los sobrevivientes regresan, la ayuda empieza a llegar. Pero en Nueva Orleans no va a bajar el agua pronto. La gente que vivía ahí perdió su casa, pero también su escuela, su fuente de trabajo. Esa gente no tiene una ciudad a donde regresar.

    La razón, para quienes aún no la saben, es la siguiente: Nueva Orleans (N.O.) es una ciudad construida sobre un terreno bajo el nivel del mar. Contra lo que se pudiera pensar, no se encuentra en la costa, sino muchas millas tierra adentro, entre un lago y el río Mississippi. Tras su fundación y la de otras ciudades, y como ha ocurrido con nuestros grandes ríos en todo el mundo, el cauce del río Mississippi tuvo que ser modificado para cubrir las necesidades de agua de esos nuevos asentamientos, provocando la erosión de la barrera natural que protegía a esta zona de la ciudad. Los pantanos que rodeaban a N.O. se fueron secando y pavimentando, eliminándose así una salida natural de agua, un sistema de drenaje natural. Para proteger entonces a la ciudad de las inundaciones, se construyeron tres grandes diques que impedían la entrada del agua proveniente del lago en tiempo de lluvias o de tormentas.

    Desde hace años, científicos del país alertaron sobre el proceso acelerado de erosión en el litoral, como en muchos otros incluidos los mexicanos, pero también ingenieros de la zona advirtieron sobre fisuras y debilitamiento en los tres diques. Se hicieron estudios y se demostró la necesidad de reforzar estas estructuras para proteger a la ciudad de una posible inundación proveniente del lago Pontchartrain, a un costado de la ciudad. El congreso federal aprobó un presupuesto para este fin, y la obra se inició. En 2002, tras la invasión a Irak, el gobierno de Bush decidió recortar este monto. En 2004, el monto requerido por las instancias a cargo de los trabajos de reforzamiento era de 11 millones; Bush, en su proyecto de presupuesto enviado al Congreso, pidió sólo tres, y el Congreso aprobó cinco. Al siguiente año, el presupuesto solicitado fue de 22 millones, por la urgencia de la obra; Bush pidió cuatro, y se aprobaron 5.7 millones. Los trabajos de mantenimiento mayor en el sistema de diques se detuvieron, por primera vez en 37 años, en 2004. Con la fuerza de Katrina y la cantidad de agua que entró al lugar, el lago terminó por romper los diques y la ciudad quedó completamente sumergida. Para ilustrar la magnitud de la inundación, en un momento en el hospital general Charity los sobrevivientes tuvieron que subir al séptimo piso para salvar la vida; todo lo demás estaba inundado.

    Alguien explicó la situación con una metáfora, diciendo que N.O. era como un plato hondo flotando sobre una bañera llena de agua; si le empieza a entrar agua por un lado, el plato irremediablemente se llena y no hay manera de impedirlo. Como lo dije antes, N.O. está bajo el nivel del mar: el agua empezó a entrar, y sólo se detuvo cuando la inundación llegó al nivel del mar. Y si está al mismo nivel del mar, ¿cómo va a "bajar" el agua? Ese es el problema, eso es lo que hace a esta tragedia diferente, y eso es lo que la hace inmensa: el agua NO va a bajar sola. Las imágenes que hoy vemos van a seguir durante días, tal vez semanas. Las primeras estimaciones aseguran que, utilizando un sofisticado sistema de bombeo, la ciudad –lo que era la ciudad- podría "secarse" totalmente en unos tres meses.

    Al menos medio millón de desplazados no tienen una ciudad a dónde regresar. Eso significa que no tienen empleo, que no tienen casa, que no tienen NADA. Que su vida se quedó bajo el agua. Eso significa que habrá una migración forzada a ciudades cercanas, o lejanas pero grandes, en donde esté un familiar, un amigo, que dé albergue temporal en lo que se ve qué se hace para volver a empezar. Eso significa que en estas ciudades, por lógica, hay riesgo de que crezcan los desamparados deambulando por las calles, y la posibilidad de que se dispare delincuencia por hambre. No es como en otras tragedias, en las que un albergue temporal te protege mientras regresas, aunque sea a llorar sobre un pedazo de tierra con escombros; aquí no hay regreso porque ya no hay tierra. Y los muertos, ahí se quedaron, flotando. No sé si alguien pueda siquiera imaginar la magnitud de esta pérdida; yo no.

    Crónica del encuentro con un imbécil

    El lunes 29 de agosto el presidente Bush debe haber abierto los ojos en su cama del rancho de Crawford y, tal vez después de un esfuerzo grande, pensó: "Mmmmm. Llevo cinco semanas de vacaciones y siento como si fuera una. Qué injusto trabajar hoy, que es lunes, qué flojera. Pero bueno, lo interesante es que hoy voy a volar a California, en donde todo es sol y felicidad. Claro, tengo que decirle al chofer que pase rapidito enfrente de la señora esa que está protestando por su hijo muerto en Irak aquí en la entrada, y luego, cuando llegue a California, que aumente la velocidad cuando estemos frente al mitin de manifestantes contra la guerra. A ver, voy a revisar mi agenda: tengo que estar a las dos en un asilo de ancianos ricos para hablar de la nueva ley de protección a la salud, que va a beneficiar a los pobres. Luego voy a ir a San Diego, al Campo Pendleton, con los valientes Marines. Ahí, en la noche, tengo una cena elegante con los pocos californianos ricos –los únicos que valen la pena- que contribuyeron a mi campaña electoral. ¿Dónde está mi perro?".

    Más o menos eso pensaba el señor presidente del país más poderoso del mundo mientras se quitaba la pijama. A 350 millas de distancia, Katrina inundaba el plato de sopa que es N.O. Y a muchas millas más, yo manejaba por la autopista 134 para ir a Rancho Cucamonga, el lugar de la cita de Bush con los ancianos ricos que básicamente se dedicaron, como dice una amiga venezolana con burdo sentido del humor, "a besarle las bolas".

    Bush llegó media hora tarde con su esposa, pobre mujer. Se veía muy bronceado y muy sonriente. Muy sonriente mientras los habitantes de N.O. morían ahogados. Muy sonriente mientras miles trepaban al techo de sus casas, sin nada más que lo puesto, con sus hijos a cuestas; techos que quedaron, milagrosamente, al ras del agua. Bush contó algunos chistes que los viejos momificados del lugar le celebraron ruidosamente. Habló durante 40 minutos, de los cuales:
    -25 minutos habló sobre los beneficios del nuevo sistema de salud que provee medicamento preventivo gratuito a sus beneficiarios (buen sistema, por cierto, aunque mal explicado por Mr. President). Claro, ninguno de los que estaba ahí era beneficiario, porque todos van a hospitales privados. Nunca entendí la razón del evento tal en ese lugar.
    -Dos ancianas le platicaron sobre sus nietos
    -Unos 7 minutos fueron utilizados para hacer chistes
    -Tres minutos fueron utilizados para hablar sobre lo maravillosa que va a ser la nueva Constitución de Irak (si alguien ha revisado el texto, es una de las constituciones más contradictorias y por lo tanto inservibles que se han escrito; lo comentaré en otra ocasión).
    -Dos minutos fueron utilizados para hablar de que la frontera de California está protegida de un ataque terrorista (pues claro, porque por ahí entran nuestros paisanos que vienen a trabajar, no los talibanes).
    -Treinta segundos fueron utilizados para decir que tenía información de que Katrina ya había salido de la zona afectada y que "everything is gonna be just fine".

    Al terminar el numerito, Bush se tomó fotos y firmó autógrafos. Estaba bronceadito y sonriente. La marea de gente me arrastró, y quedé como a dos metros de él. Lo primero que me llamó la atención fueron sus enormes orejas quemadas por el sol; luego sus ojos chiquitos, su cara roja de niño tonto, igualita a la que le pintan los caricaturistas del LA Times. Empecé a pensar que lo tenía demasiado cerca. Empecé a pensar en cuántas veces lo he insultado desde la pantalla de TV de mi casa. Me acordé de la primera vez que lo vi en persona, hace cuatro meses, junto a Fox, y en cómo esa vez me dio tanta rabia ver al presidente mexicano tan agachado y disminuido, y al bufón éste sonriendo burlón. Me acordé de la mujer que hizo guardia más de un mes afuera de su rancho para preguntarle por qué murió su hijo en Irak, y a la que nunca recibió. Lo menos que pude pensar fue: ¿qué tal un sillazo en la "jeta"? Digo, no pensé "qué tal un balazo", la verdad es que no voy a gastar mi dotación de pecados mortales en ese fulano, y además yo ni pistola tengo; pero sí un buen sillazo bien acomodado en la "jeta". Después vi a los gorilas que trae de guardaespaldas. Pensé que deben ser expertos leyendo la mente. Pensé que si leían la mía, estaba en problemas. Pensé que qué forma tan gacha de ser famosa, sin siquiera haberlo intentado. Para cuando terminé de pensar, el tipo ya se había largado.

    Apocalipsis

    Regresé a la redacción de mi periódico y me encontré con las imágenes de la televisión: el agua cubría las casas, miles y miles personas se habían refugiado en el estadio Superdome, no dejaba de llover. Horas antes, larguísimas filas de autos habían soportado pacientemente en la autopista 10, que empieza en Los Ángeles y llega hasta Florida, para salir de la ciudad. En ese momento la 10, una de las arterias del país, ya estaba inundada. Nadie podía entrar ni salir.

    Yo vi las imágenes, tal vez ustedes también. Yo oí desde un viernes antes la alerta del huracán, para ese entonces ya categoría 3. Yo sabía que la alerta estaba dada, que esa gente iba a necesitar ayuda para salir de la ciudad; que los que no salieran iban a necesitar apoyo inmediato. Yo, tal vez ustedes, y millones de personas más en el mundo, que vivimos medianamente informados, que somos sensibles al peligro y al dolor, que nos preocupamos por los demás seres humanos. Pero el presidente Bush no.

    Desde el martes, reporteros de todas las cadenas de televisión transmitían imágenes apocalípticas. El agua subió en promedio 20 pies, unos seis metros; el 80% de la ciudad estaba –y sigue- inundada. La noche del lunes se cayó la mitad del techo del Superdome. La gente que se refugió ahí dentro descubrió que el gobierno federal no preparó el lugar para que sirviera de refugio durante varios días, así que no había nada que comer, no había agua, no había baños, no había nada. La lluvia arrastró cadáveres, que aparecían por las calles –que aún hoy, una semana después, siguen en las calles. El centro de convenciones alojó a 20 mil personas en las mismas condiciones. Las tomas aéreas mostraban a familias, a niños, agitando las manos, improvisando señales que decían "Help". Los repoteros, indignados, se preguntaban por qué no llegaba la ayuda. Un reportero de CNN, cadena que ha sido leal a Bush durante la guerra en Irak, lloraba de impotencia.

    El hospital general se inundó. La morgue se encontraba en el primer piso, pero el agua llegó hasta el sexto; los cadáveres viejos se mezclaban con los nuevos, flotando en el agua. Los pocos almacenes y supermercados que quedaron en un área seca fueron saqueados. La comida, pero también las armas. Quienes tenían un pedazo de pan, tenían que defenderlo. Llegó el miércoles entre tiroteos, cadáveres a media calle y violencia entre los refugiados en el estadio: una bebita, dice el LA Times, dormía en un charco de orines.

    Para ese día ya habían ocurrido al interior del Superdome –que regularmente alberga a 25 mil personas, aunque se estima que por ahí pasaron cerca de 100 mil; hambrientas, sedientas, furiosas, preguntándose dónde estaba la ayuda de SU gobierno, el gobierno más poderoso del mundo- 2 violaciones y un suicidio. Dos policías se suicidaron también.

    Ese día, el presidente Bush decidió aparecer. Se subió a su avión con su perro en brazos (este dato es cierto) y decidió que N.O. estaba más o menos cerca de Washington, así que, ¿por qué no ir a dar una vuelta para ver cómo se ve el agua desde arriba? La televisión y los diarios circularon la foto de un presidente solidarizándose con su pueblo a cinco mil pies de altura, con su perro en brazos. No hay un solo medio en este país que no haya estallado contra él y su gabinete. Incluso, como ya lo dije, la cadena CNN y Fox, las dos incondicionales del gobierno actual. Pero el presidente Bush seguramente ha seguido el consejo de su amigo Vicente Fox, y no lee los periódicos para poder seguir siendo feliz, así que seguía sin enterarse.

    El jueves alguien le debe haber dicho que se ve mal que un presidente no se tome una foto en el agua cuando un territorio más grande que la Gran Bretaña está inundado en su propio país. La idea de lucir su bronceado en una foto le debe haber gustado, porque finalmente ese día, el presidente decidió ir a donde estaban las personas que llevaban cinco días sin comer. Tal vez fue lo del bronceado, o tal vez la entrevista de radio, que después se transmitió en cadena nacional, con el alcalde de N.O., Ray Nagin, quien dijo: "Somebody needs to get their ass on a plane and sit down, the two of them, and figure this out right now", refiriéndose a ya sabemos quien. Los medios le dieron la razón, y Bush, quien ensayó durante el vuelo su cara de pesar, llegó a Louisiana.

    Demasiado tarde para el presidente. El NY Times, el periódico más influyente del país, ya había publicado un editorial titulado "Waiting for a Leader", cuestionando duramente la falta de actuación del gobierno y recordando que la administración Bush no ha querido reconocer su responsabilidad en el calentamiento global. Soledad O’Brien, de CNN, se escandalizó a cuadro cuando el director de la Agencia Federal de Emergencias reconoció que "apenas el miércoles se habían dado cuenta de que había gente en el centro de convenciones". Para ese día, jueves, la mayor parte de los periódicos usaban la palabra "vergüenza" en sus editoriales. Ese día, tras la llegada de Bush, llegaron los camiones con comida, con agua, y los autobuses para evacuar a la gente. Cinco días tarde.

    Factura por pagar

    Hoy, una semana después, la cifra estimada de muertos es de 10 mil. Miles empiezan a buscar un lugar donde empezar de nuevo; otros insisten en permanecer en su ciudad, en la que ya no hay nada.

    Aaron Broussard, presidente de una ciudad de la zona que se llama Jefferson Parish, narró a un noticiario cómo el martes llegaron camiones de Wal-Mart con agua potable y las guardias nacionales no los dejaron entrar, porque ya venía la ayuda federal (la que llegó el jueves). El hombre rompió en llanto frente a las cámaras al platicar una anécdota: a su director de seguridad el gobierno federal le dijo que la ayuda iba en camino y que llegaría ese día, el martes. Ese día la madre del hombre, quien vivía en un asilo en una población cercana, le llamó y le dijo "hijo, ven por mí". El hombre, creyendo en el gobierno federal, le aseguró que la ayuda iba en camino. Al día siguiente la mujer volvió a llamar y ocurrió lo mismo, y el jueves, y el viernes por la mañana. El hombre no podía hacer nada más que esperar a que aquellos que le prometían ayuda llegaran a dársela a su pueblo, a los pueblos vecinos y a su propia madre. La mujer murió ahogada el vienes por la tarde.

    El secretario de seguridad, Michael Chertoff, y muchos otros funcionarios del gabinete Bush, son vapuleados por una sociedad que tal vez no quiere ver lo que ocurre en Irak, en Afganistán, en Palestina, pero que no perdona lo que esta semana se vio en su propio país. La comunidad negra en Estados Unidos está furiosa. Los más conservadores están, por lo menos, incrédulos.

    Y yo, pues yo estoy agridulce. Agria por lo que pasó, pero también por lo que viene. Mucha de esta gente va a llegar a Los Ángeles, y creo que hay aún muchas historias tristes por venir. Pero dulce porque para quienes sufrimos la derrota demócrata de noviembre pasado, aparece una esperanza de que este pueblo se levante y le demande a Bush que pague por lo que no hizo. Es el presidente y no hizo nada. Dejó morir a la gente, tal vez porque no era SU gente –no faltó quien recordara que tras el último huracán que azotó a Florida, en donde están los principales apoyos económicos para la familia Bush, el presidente reaccionó el mismo día. Hillary Clinton, quien es senadora, ya ha pedido que se abra una investigación federal para castigar la negligencia de los culpables. Otra senadora simplemente dijo que deseaba darle un puñetazo en la cara al señor presidente (¿recuerdan mi sillazo en la "jeta"?).

    Alguien dijo que la naturaleza pasa su factura, que EU no firmó el protocolo de Kyoto y que ahora le tocó pagar. Yo no quiero creer eso, porque ninguno de esos niños negros y pobres tienen la culpa de que este hombre esté al mando –de hecho ni sus padres, Louisiana, como los otros 3 estados mayoritariamente negros, es un estado predominantemente demócrata.

    Ojalá este pueblo, por una vez, tenga memoria histórica. Ojalá reaccione, no perdone, se empiece a volver sensible empezando por casa, para después voltear a ver con esa sensibilidad al resto del mundo. Ojalá se den cuenta de que la naturaleza no se puede parar, pero la imbecilidad sí. Nunca sobra una voz, si ésta se usa para denunciar lo imperdonable, y lo que hizo este gobierno, una vez más, lo es. El "líder" que quiere salvar al mundo le volteó la espalda a su propia gente. Esa es una factura más que algún día tendrá que pagar.